El Obelisco, en el corazón de Buenos Aires, era un gigante silencioso esa tarde. Las nubes bajas, del color del plomo, habían apagado la luz de la ciudad, y una llovizna muy fina, casi imperceptible, hacía brillar el asfalto.
El Gigante, de piedra clara, miraba hacia el cielo gris, como si esperara que en cualquier momento se rompiera el telón de nubes. Estaba rodeado, como siempre, de su corte: los edificios ruidosos. Un edificio tenía un cartel gigante de pollo frito, el otro un anuncio de películas con caras rojas, y otro, más pequeño, brillaba con números de neón. Todos gritaban sus mensajes bajo la lluvia.
Abajo, muy pequeños en comparación, caminaban tres personas. Parecían moverse con calma, sin apuro, como si la llovizna les diera permiso para ir más lento.
Había un chico con una campera oscura, de espaldas al Obelisco, que parecía estar esperando a alguien. Tenía las manos en los bolsillos y miraba hacia los autos que pasaban muy cerca.
A su lado, un poco más atrás, caminaba una pareja. Ella le decía algo, quizás que hacía frío, o que debían cruzar la calle pronto. Él, con un paso más pesado, asentía sin mirarla, concentrado en no pisar mal sobre el adoquinado mojado.
La escena era tranquila, a pesar de estar en el medio de una de las avenidas más importantes del mundo. El ruido de la ciudad se sentía sordo, ahogado por las nubes y la humedad. Por un momento, mientras las luces de los coches se reflejaban en el suelo mojado, todo se detuvo.
El Gigante siguió en su puesto, firme. Había visto pasar miles de lluvias, millones de autos y millones de personas apuradas. Y esa tarde, en la que tres figuras diminutas se movían bajo el cielo bajo, el Obelisco era testigo de una calma inesperada en la gran ciudad.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.