Nota de la autora: El presente relato se ubica durante los acontecimientos del capítulo 32 de Una terrícola en Titán, el cual fue publicado el 21 de enero en este mismo espacio.
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Un hombre caminaba por los pasillos del ala este del palacio. Al entrar a una estancia, la vio ahí.
No era la bella mujer de cabellera rojiza oscura por quien siempre suspiraba; no era la que él consideró el amor de su vida, la mujer de piel canela y cuerpo despampanante envuelto en telas atrevidas que le robaba el aliento en el pasado.
No. Aquella mujer era de larga cabellera oscura, ojos castaños y de atavíos color verdes. Su mirada era de indiferencia desafiante, como si viera en él a alguien con quien no quería estar asociada.
Intentó acercarse a ella, pero la mujer se alejó corriendo.
"¡Espera!, exclamó él."
La persiguió con desesperación por el amplio pasillo de la estancia, el cual lo guiaba hacia un jardín. La mujer se escondió detrás de un muro de hojas verdes. Cuando creyó que la había alcanzado, descubrió que ella ya no estaba.
Acechó por el otro lado. Ahí la vio, esbozando una tenue sonrisa. El hombre intentó atraparla, pero le fue imposible alcanzarla. Contuvo la respiración, musitando un ruego lleno de angustia; una súplica de que no fuera abandonado.
La mujer parecía escucharlo, pero optó por ignorarlo al marcharse de ahí.
"¡Güzelay!", gritó el hombre. "¡Güzelay, por favor, espera!"
Corrió lo más rápido que pudo, tratando de alcanzarla a través de los campos verdes. Pronto vio que ella se perdía en el desierto.
"¡Güzelay!"
Ella se detuvo y se volvió hacia él con una mirada serena. No hubo palabras; solo un reconocimiento de que algo entre ellos jamás existió, así como el anhelo de partir en paz, alejándose de un infierno que ella no pidió vivir.

Adelbarae Borg despertó de manera abrupta, obligándose a incorporarse en el lecho de la posada en la que se hospedaba desde hace unos días. Afuera, la lluvia caía a torrentes, algo común durante los veranos de Helospontos, capital de Neptuno.
Una mezcla de angustia y ansiedad le invadió mientras se llevaba una mano al rostro, suspirando con pesadez.
Era la quinta vez que soñaba con su esposa fallecida. La misma secuencia, los mismos paisajes, el mismo final. Esa mirada serena parecía comunicarle las cosas que él, en su arrogancia, había preferido ignorar en lugar de afrontar las cosas. Quizás habría evitado su muerte si hubiera hecho caso a su padre y dejar ir finalmente a Ecclesía, la favorita del emperador Ergane. Quizás ella estaría aún en aquellas habitaciones, rodeada de los libros que ella leía en medio de su soledad. O quizás asistiendo a fiestas de té con algunas familias rivales que, para sorpresa suya, la apreciaban mucho.
Se levantó de la cama y se acercó a la ventana. Cerró los ojos, evocando sin querer la mirada serena de su esposa, las palabras no dichas pero percibidas en el sueño. El desierto, ese lugar de arena que se extendía hacia el infinito...
"¿Qué intentas decirme, Güzelay?", musitó.
