Durante los últimos años se han popularizado las distintas ventajas que ofrece la inteligencia artificial sobre muchos aspectos de la vida cotidiana, algunos ejemplos: robots-aspiradora, filtros SPAM en nuestro correo, anuncios personalizados en función de búsquedas, y un largo etcétera.
Si bien esta tecnología aún no alcanza el nivel que esperaba Alan Turing en los años 50 del siglo pasado, su crecimiento y aplicación en ciencia y tecnología es imparable. Sin embargo, ¿cuál es su impacto en específico sobre la calidad del aire?
En primer lugar, hay que considerar que la calidad del aire es uno de los grandes problemas que enfrenta nuestra sociedad, concentrada en ciudades y dependiente de combustibles fósiles. En efecto, según datos de la OMS, 7 millones de personas mueren de forma prematura a nivel mundial por la mala calidad del aire mientras que sólo en América Latina, 150 millones viven en ciudades que exceden los niveles recomendados. Actualmente, existen herramientas que permiten conocer y analizar la calidad del aire en tiempo real: a nivel mundial como WAQI, y a nivel local (en Chile) tenemos la página del SINCA o de la Red Meteorológica.
Por lo tanto, la Inteligencia Artificial genera la capacidad de manejo, almacenamiento y gestión de estos datos, que pueden ser usados para analizar y/o predecir peaks de contaminación mediante el entrenamiento de modelos de aprendizaje automático a partir de redes neuronales, máquinas de vectores de soporte, entre otros. Los resultados que se obtienen se suelen comparar con la predicción de un modelo ARIMA, considerado el benchmark en estos casos.
Los resultados muestran que este tipo de modelos, bien entrenados y validados, pueden acertar más del 90 % de las veces en un pronóstico de 24 h.