Waldo llegó con su cara llena de tristeza, ojitos aguados y bigotes empapados, me trajo en su boca un caracol apachurrado, para que lo salvara de lo mal que lo estaba pasando.
El animalito afligido se veía, alguien descuidado lo había puesto la pata encima, destruyendo su casa calcárea, y dejándolo casi muerto al costado del sendero.
Tome pegante amarillo, con una lupa iba adhiriendo los pedacitos, eran tan pequeños, que no podía casi verlos.
Le di un poco de analgésico, para que no le doliera tanto su cuerpo, el sollozaba sin consuelo, y Waldo Aurelio gemía con desespero.
El caracol gracioso estaba quedando, no sabía si serviría el pegante que estaba usando, así que una vez reuní todas sus partes, le dije: “camina para ver como quedo tu casa andante”
Empezó a arrastrar su burdo cuerpo, y los pedazos al pavimento cayeron, así que lo envolví en una hoja de aguacate, mientras buscaba una solución favorable.
Waldo tomo su plato de comida, y empezó a pegar el concentrado con saliva, en un rato tubo un caparazón nuevo, para su amigo el caracol enfermo.
No pensé que eso funcionaria, pero se adaptó muy bien a su nueva casa, aunque dijo que había un olor feo, seguramente por el mal aliento de Waldo Aurelio.
Eso se irá con el tiempo, lo que importa es que ahora tienes un nuevo aposento, hecho con pepitas de concentrado, babas de Waldo y un corazón lleno de ilusión.
Un detrás de cuento, Waldo feliz con su amigo y un caparazón nuevo.
Créditos texto, dibujos y fotografía: Margarita Palomino