Me despierto. Es un cambio que me hace estar presente, tanto que merece un punto y aparte. Veo la hora, paulatinamente voy cayendo en cuenta de mis tareas del día. Mi naturaleza introspectiva me impulsa a quedarme medio dormido, sumergido en mis emociones, sin la alteración propia de cómo interpreto mi ambiente. Me levanto, cumplo con las actividades de "rigor" de la mañana ( higiene, desayuno, etc.). Llego a la universidad. Entrando al salón me doy cuenta del paso del tiempo, al ver como en la lista de asistencia mi cédula ahora es la de menos millones. Millones que se confunden con miles al contar el dinero para comprar cualquier cosa, no por la riqueza sino por la fuerza de la costumbre. Me recuerdo a cuando era niño y pensaba "cuando sea grande me voy a comprar todas las golosinas", argumento que se opone a la idea "Ya he comido todo mil veces".
Regreso a casa. Comparto con mi familia historias de lo que viví afuera, "en la calle" como dicen. Me llega un mensaje, dos, tres, cuatro. Por experiencia me imagino que se trata de alguien que escribe una palabra por mensaje. Será que aprendieron a enviar mensajes usando una máquina de escribir. Trato de seguirle el paso a la velocidad con la que me envuelve la cultura, hasta que me doy cuenta de que es un torbellino, un trajín infinito de cosas por hacer. Llego a la mejor parte del día: la noche. Sentado en frente de la computadora empiezo a escribir un artículo llamado... "Un día cualquiera".