Es probable que podamos estar de acuerdo, en que la muerte es parte de la vida cotidiana de todas las personas. Y también, es probable que en lo que va del 2020, haya sido una de las palabras que más circula en la comunidad. Todos los días, de uno u otro modo, nos llegan noticias de muertes. Las causas son de lo más variadas: por coronavirus, por desnutrición, por dengue, etc.
Pero también existen toda una serie de otras muertes, que parecen estar justificadas por razones de género, de raza, de clase social, de nacionalidad. Y aunque nos parezca inverosímil, la realidad nos enfrenta con el hecho de que, en el siglo XXI, todavía hay gente que muere por ser, pensar o actuar diferente. Como si no fuésemos todas las personas diferentes, únicas e irrepetibles…
Esto habla de cómo nos relacionamos, no sólo con la muerte en sí, sino con la vida de las otras personas. Entre la infinidad de consecuencias de la pandemia, también nos encontramos con otra realidad, que por lo menos a nuestro modo de ver, poco tiene que ver con lo constructivo. Y es que las vidas de las personas son juzgadas. Se elige, no solo quién debe vivir y cómo, sino que también quién debe morir y cómo. Se elige, y se hace arbitrariamente, sin que quede del todo claro quién puede llegar a salir beneficiado con la muerte de alguien.
En el bombardeo de los medios y redes, podemos entrever que hoy por hoy, los asesinatos no solo son moneda corriente, sino que también son celebrados y motivos de burlas por muchos. Como si del otro lado no hubiera personas sufriendo por esa muerte. Lo llamativo, es que se busque defender la vida, justificando otra muerte. En esta ocasión, queremos convocar a pensar si necesariamente alguien tiene que morir para vivir en un mundo mejor.
¿Es la muerte algo que se merece?
Desde nuestro lugar, tenemos la convicción de que ningún tipo de orden social puede, ni debe sostenerse a costilla de la muerte de ninguna persona. Sin importar cómo es, ni lo que tiene, ni lo que hizo. Y con esto, queremos resaltar que no es que estemos “del lado de lxs asesinxs”. Sino que nuestra intención es concientizar sobre el hecho de que, cuando una persona atenta sobre la integridad de otra, ahí tiene que actuar la justicia. Y por lo menos en Argentina, la pena por cometer un delito, sea del tipo que sea, es sólo la privación de la libertad. Todo lo otro, está totalmente de más, guste o no.
También es probable que todxs estemos de acuerdo en que, tanto la justicia, como el sistema carcelario, fallan sistemáticamente; y que hay situaciones que llegan a un límite en el que hay que hacer algo. Sin embargo, creemos que esa llamada a la acción, tiene que ser una alternativa a la violencia. Sencillamente porque si aplicamos el refrán popular “ojo por ojo, diente por diente”, respondiendo a lo violento, con violencia, ¿qué posibilidades existen de que se genere algo positivo?
Aunque estemos de acuerdo en que lo que debe modificarse es el sistema judicial (por empezar), consideramos que el debate es mucho más profundo, y debe apuntar a pensar con qué tipos de leyes queremos vivir.
Quizás sea tiempo de mirar un poco más allá de nuestro ombligo, y repensar (nos) en el mundo que queremos para el futuro. Y esto implica, no buscar culpables, sino responsables. No desde el dedo acusador, sino con el llamado a la autocrítica. No desde el odio y el rencor, sino desde la empatía.
Porque la humanidad ya tiene siglos y siglos de subordinarse a la ley de Talión. Porque los beneficiados son unos poquitos, que nos miran desde arriba cómo nos matamos entre nosotrxs. Porque quizás realmente ya es tiempo de buscar otro camino, que reconozca y respete los derechos de todxs. Porque de lo contrario, tal como decía Gandhi, ojo por ojo, vamos a quedar todxs ciegxs.