Él fue uno de tantos empresarios que había venido a San Cristóbal, procedente de Colombia y ya había formado un capital económico tan grande que sus negocios mueven parte de la ciudad.
La historia del señor Cruz Rojas era como la de otros empresarios de allí: el nació en Cali y luego de una infancia dura y una juventud infeliz, mediante trabajo, pudo ahorrar un dinerito que le sirvió para comenzar su negocio de compra-venta de artículos, sobre todo de alimentos.
Le va bien y se me muda a Bogotá, donde prospera y funda una compañía de transporte, que le permite establecer negocios entre Venezuela y Colombia. Los secuestros, robos y la mala situación del país hizo que su negocio comenzara a mermar dramáticamente; por lo que se vio obligado a tomar una decisión: o se iba a Venezuela e intentarlo allá, o se arriesgaba a quedarse en su país, donde la quiebra de su negocio, con el paso de los días se convertía en una amenazante realidad.
Entonces, decide liquidar su negocio y se va con esa plata a Venezuela. Se había divorciado, así que el cambio de ambiente le parecía oportuno y le sentó bien. Se radica en San Cristóbal, porque estaba cerca de la frontera (él quería continuar con su negocio de compra venta de artículos para revenderlos tanto de un lado como del otro) y además, ya le habían dicho que en esa ciudad los extranjeros son bien recibidos y a los colombianos les ha ido muy bien.
Se establece. Consigue dónde vivir, por un precio accesible y comienza a comerciar y aunque tiene que trabajar muy duro, pronto comienza a ver buenos resultados. Tanto que pronto (en un año) se compra una quinta a las afueras de la ciudad, tiene una flota de camiones que llevan y traen mercancías en ambos lados de la frontera y ya sueña con expandirse. Su expansión se materializa en la instalación de varios locales del remodelado Centro Cívico y aquello marcha tan bien que compra más locales y sigue expandiendo su red comercial y junto a sus compañeros le lavan la cara a los colombianos, tildados siempre de gente violenta, criminal; de guerrilleros o narcotraficantes.
Para muchos, ya el colombiano es un amigo, aliado en el trabajo, justo en el trato, que cumple con sus obligaciones pero que también sabe divertirse. O sea, pasan a ser buenos vecinos y miembros de la comunidad.
Sin embargo, las cosas no eran tan color de rosa como todos pensaban. En varios lugares del mundo, había colombianos que daban una imagen parecida a la de Cruz Rojas, el mismo perfil. La suspicacia de algunos salió a relucir: ¿cómo es que siendo una nación donde los negocios prosperan, el gobierno no los protege? Sí, en Colombia hay una guerra interna; pero, tan mal están que los motores de su economía se van a otras partes, donde, para colmo, triunfan. Aquello comenzó como un duro golpe publicitario contra el gobierno de la hermana república.
Pero no iban a dejar las cosas así. Justo cuando esa campaña llegó a su punto más alto, donde incluso muchos medios llegaron a afirmar que en Colombia ni siquiera el presidente está a salvo de los criminales, el DAS, ayudado por la INTERPOL, iniciaron un proceso de investigación de tales empresarios.
Así, en México encontraron a varios narcotraficantes que hacían sus negocios ilegales bajo la figura de firmas comerciales. Lo mismo pasó en España, Portugal, Francia. En USA, ni se diga. Allí, incluso, comenzaron a negarle la visa a los ciudadanos colombianos y sólo permitían el acceso mediante una intensa investigación a la que era sometido el viajero.
Así, el gobierno colombiano comenzó a emitir comunicados a varios países donde explicaban la situación y de una vez dieron información de posibles narcos o terroristas que pudieran estar viviendo en sus países bajo la protección de inofensivas y falsas identidades.
De tal manera, el CORE 1 de la GNB inició un proceso de inteligencia a fin de determinar si en Venezuela había elementos criminales prófugos. A los venezolanos les convenía perseguirlos, ya que así podían exigir al gobierno colombiano una mayor presencia militar en la frontera a fin de ayudarlos en la lucha contra los insurgentes que también hacen daño en territorio patrio. Para muchos escépticos y por supuesto, los rivales, aquella camada de empresarios colombianos debían tener metidas sus manos en algo raro para tener un éxito así.
Varias fichas de sujetos que encajaban en el perfil estaban siendo investigadas. La cosa es que el comandante de la operación les exigió a sus hombres mucho cuidado, que no se dejaran llevar por el nacionalismo y el prejuicio y que juzgaran dentro del ámbito estricto de las leyes.
Así, aquellos GNB, SEBIN y CICPC comenzaron a investigar con fruición. Comenzaron a seguir a los empresarios. Monitorearon sus actividades, sobre todo aquellos que trabajan en el sector transporte, a revisar cuentas bancarias y a estudiar las costumbres propias, sus conductas, sus vidas personales, sus familias.
Varios perfiles comenzaron a ofrecer sospechas. Siempre, por mal que fuera el negocio, había palta para recuperarse. Siempre pagaban sus deudas a tiempo, sin importar si habían vendido o no la mercancía. Todos vivían y se comportaban como millonarios; aunque el negocio no diera para tanto.
Un detalle en particular llamó la atención: se vestían como lo hacen los narcos. Saco o chaqueta, camisa desabotonada (claro está, la ropa no puede ser de mejor marca, Hugo Boss siempre resalta en sus indumentarias) y zapatos finos, de vestir. Muchas veces, zapatos de charol.
Otra costumbre era que traían a sus familiares, amigos, amantes o novias de Colombia y por los medios más cómodos (y por tanto, más costosos) posibles. Estos empresarios humildes se daban la gran vida y sus negocios no les daban mayores sobresaltos, pareciera que se marchaban solos, y ellos sólo debían estar allí, con su presencia bastaba.
Cualquier empresario sabe que esto es una falsedad. Un verdadero empresario sabe que un negocio propio da mucha felicidad; pero también mucho trabajo y es crea muchas responsabilidades. También, hay que ser muy responsables con los recursos, pues tu estilo de vida puede perjudicar el capital de tu empresa o negocio.
Así, lo raro se convirtió en sospecha. Entonces, tanto el escuadrón antidrogas, el de antisecuestro y extorsión, así como la SEBIN mandaron un montón de expedientes a las autoridades colombianas. A su vez, enviaron esa información a la INTERPOL.
Dos horas después, los teléfonos comenzaron a sonar. De todas partes de Colombia se recibieron llamados, también de la INTERPOL, y luego, el FBI y la DEA. Resulta ser que Cruz Rojas en realidad es Justo Pastor Perafán, conocido narcotraficante, líder del cartel de Bogotá, que desapareció. Las autoridades se dieron cuenta luego que había escapado, con rumbo desconocido. Ahora, había aparecido de nuevo y ya las autoridades de varios países querían su detención inmediata. No era el único, pues otros conocidos narcotraficantes fueron identificados. Todas sus identidades eran falsas. San Cristóbal, de la ciudad de la cordialidad y el comercio pujante, pasó a ser un nido de narcotraficantes y delincuentes disfrazados de buenos ciudadanos.