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¿Pero, qué es esto? me recrimina mamá, andas sin pantaleta. Victoriosamente saco de entre mis harapos dos carmelitos envueltos en su papelito de celofán. ¿Por esto la cambiaste, en que estabas pensando? Yo permanezco callada., estaba convencida que había hecho el negocio de mi vida, dos caramelitos finos por una harapienta pantaleta deshilachada. Castigada por mi atrevimiento, me acerco a mi hermana que está jugando con una de sus muñecas. Saco los caramelitos y se los pongo en las manos.
Aquellos caramelitos finamente envueltos despiden destellos de luz al darle los rayos solares que entran por la ventana de nuestro cuarto. Embelesadas ante tanta belleza, observamos aquellas joyas de ensueño y no sabemos si comérnosla o no. Lentamente, en un ritual casi religioso mi hermana va abriendo el tesoro y miramos asombradas los colores brillantes de un rosado nunca antes vistos por nuestros infantiles ojos. Nos sentíamos como dos niñas ricas, ahora no podíamos envidiar a nuestras primitas las golosinas que siempre cargaban en sus finos vestidos de organza y tules.