Mas allá del diagnóstico hay un ser humano, muchas veces un niño, niña y adolescente, que en el mejor de los casos, será atendido por especialistas, será acompañado en ese proceso por su familia, y contará con docentes que cooperen también con ese abordaje.
Pero más allá del abordaje y de los beneficios que tiene para el niño, niña y adolescente, está el tiempo invertido en terapias y consultas, sin perder de vista la importante inversión económica que implica, en muchos casos. Tiempo que debe restarse al que dispone el niño, niña y adolescente para ser simplemente un niño, más allá del cualquier diagnóstico y abordaje. Tiempo, que se suma al que ya invierte en educarse, en el mejor de los casos, en un aula integrada, con las debidas adaptaciones curriculares, porque contrario de lo que se cree, no es el niño, niña y adolescente quien debe adaptarse al sistema educativo, sino lo contrario.
Mas allá de este tiempo y dinero, está la carga emocional que implica para el propio niño y para su familia, como una acumulación de la lucha constante por lograr el desarrollo satisfactorio del niño (a), lidiando adicionalmente con la exclusión, la violencia y el acoso escolar, entre otros.
Tendemos a creer que el acoso y la violencia se quedan en la escuela, pero hay otros ambientes, algunos concebidos paradójicamente para favorecer al niño con necesidades especiales, donde la violencia también se cuela.
Y si bien, seguramente, hay muchos profesionales comprometidos, capacitados y especializados en el abordaje de los niños autistas y con síndrome de Asperger, otros carecen de empatía y olvidan que desde el momento que comunican el diagnóstico a la familia, o detectan la necesidad de una evaluación exhaustiva, más allá de ser otro caso, otro número en la estadística, otra fuente de ingreso económico, el niño (a) o adolescente y su familia, merecen en todo momento un trato humano, digno y respetuoso.
Es preocupante, por ejemplo, que algunos psicopedagogos adopten la modalidad de atender a grupos de niños, niñas y adolescentes con distintas necesidades, al mismo tiempo, en espacios físicos reducidos, a veces hasta en una mesa común, con un resultado negativo para el niño que tiene difícultad para concentrarse, difícultad que como es de esperarse, se complica en estás condiciones, situación que se adjudican al niño y no al profesional que irresponsablemente implementa tales prácticas con el objetivo de masificar la atención, sacando mayor provecho a su tiempo. Pero, y el tiempo de niño, el tiempo de la familia?, sin hablar del compromiso ético del profesional.
Otro aspecto a considerar, es la sobrecarga de actividades impuestas a los niños, niñas y adolescentes, esto es, terapias durante la epoca vacacional, terapias con actividades para el hogar, a las que se suman las actividades escolares que debe realizar en el hogar, aspecto que generalmente no suele tomarse en cuenta a la hora de efectuar las adaptaciónes curriculares, pero que ante todo lo esbozado, termina convirtiéndose en una carga, quizá demasiado pesada.
Ante estas realidades, abogamos por el respeto a los derechos de las personas con necesidades especiales y sus familias, partiendo de un desempeño ético y humano por parte de los profesionales.
Así, celebramos a todos los psicólogos y medicos empáticos, que sin alarmar ni etiquetar, hablan con claridad; a los psicopedagogos que no olvidan que el trato amoroso es su mejor recurso, que respetan los tiempos del niño, su ritmo de aprendizaje, por muy lento que sea, pues si exigimos al educador respetar las características particulares del alumno (a) con autismo y otras necesidades educativas especiales, sería ilógico e incongruente esperar otra cosa del psicopedagogo