El sol recién se levantaba y por ello la luz era más parecida a un pálido rubor, maquillaba los arboles y el pasto. El parque estaba tranquilo a estas tempranas horas de la mañana, y la vieja banca de madera no resulto tan mal luego de procurar un pequeño cojín de hojas, las cuales aun tenían un recuerdo de perfume terroso y vegetal. La noche había sido un poco fría, siendo el verano a un joven y propenso al llanto, pero los escalofríos me caían bien, y no temía un resfriado.
Pronto llegará la gente, quizás aquellos tempranos corredores, ansiosos de "mejorar su vida" con una hora o quizás menos de ejercicio; por una parte los admiraba, admiraba su tenacidad en dedicarse todos los días a una tarea que consideraba tan innecesaria, y por otra parte, les creía locos, porque mañanas así son para quedarse acostados y sentir el frio y ver el sol entre las nubes... o el techo de ilusiones que son los parpados cerrados.
Pronto llegará la gente, con sus motivaciones mañaneras, y quizás me vean y se pregunten qué hago ahí, quizás se pregunten si sigo vivo, y se acercarían unos pasos, como dudando, hasta notar mi pecho que sube y baja y ver que tengo los ojos abiertos y aun no vidriosos, luego se irían y yo desaparecería de su mente en minutos. Y así hasta que mis ganas de ser vegetal o mineral se extingan por un tiempo. Hasta entonces, soy quien se pregunta hasta cuando podrán seguir vivos los que me ven, porque cualquiera existe, no todos pueden vivir realmente.
¿Yo vivo?, a veces, a veces sueño y creo que vivo más aun, por eso al despertar mis pasos vagan y me llevan a donde la luna me arrope y pueda, quizás, ser las hojas que el viento se lleva consigo.