¿Alguna vez has llegado a pensar que tu vida no tiene sentido? ¿Qué eres un inútil? ¿Qué a nadie le importas? ¿Por qué la gente te traiciona? ¿Por qué juegan con tus sentimientos? ¿Por qué no te hacen caso? ¿Por qué nadie te entiende?
Tenía 16 años cuando estas preguntas llegaron a mi mente, se iban colando día tras día, sin saber que eso iba creando una bomba, callaba todo, explotaba estando sola, pensamientos y sentimientos tristes, me habían roto el corazón, empecé a darme cuenta que algunas personas eran farsantes, a veces en casa mamá y papá discutían, tenía diferencias con mi hermana y su hija.
Pero ocultaba todo eso con una colorida máscara, con una enorme sonrisa.
Tantas cosas pensaban, tan triste me sentía, y lo que me dolía era que mamá estaba enferma, era difícil ver a la persona que más amas sufriendo.
No lo soportaba, prefería estar toda la tarde en el liceo, prefería estar leyendo, escuchando música, callando todo a mi alrededor.
Pero todo empeoró cuando ella murió, por un momento creí que era una horrible broma de mi cuñado, pero no, era real, ahora imagina los problemas que empezaba a tener emocionalmente, sumando la muerte de mi madre.
El resultado era trágico.
Después de esos días no volví a ser la misma.
Muchas personas creyeron que no la quería, otras que era demasiado fuerte y valiente, porque no mostraba señales de tristeza, de dolor, en realidad no iba por ahí llorando, no publicaba mi dolor en redes sociales, no hablaba del tema con nadie, reía, me divertía con mis amigos, siempre mostrando una sonrisa.
Pero eso era externamente, internamente era un caos, me sentía inútil, vacía, empezaba a tener baja autoestima, no comía y cuando lo hacía (a veces) me provocaba el vómito, en clases era la persona más feliz del mundo, la que no sufría, pero en casa me encerraba en mi habitación y lloraba hasta dormir.
Muchas veces pensé en herir mi cuerpo, muchas veces pensé en quitarme la vida, pero siempre había algo que no me lo permitía, siempre me consideré una cobarde.
Desde los 14 años había aceptado a Jesús como mi único Salvador, claro, era una jovencita, no sabía lo que eso significaba, asistía la iglesia, pero no lo tomaba en serio.
Te digo esto, porque cada noche que lloraba, alzaba una oración, a pesar de sentirme caer en el hoyo más profundo, a pesar de querer morir, tenía mi mirada a ese muchacho que había dado su vida por mí, siempre decía “la esperanza es lo último que se pierde” aunque no tuviera fe, aunque no tuviera fuerzas, tenía la esperanza de que algún día todo iba a cambiar.
Mi esperanza era Jesucristo.
Me llamo Natalia Lucas, y ahora tengo 19 años, soy estudiante de Ingeniería Civil, soy la menor de 3 hermanas, tía de 4 lindos y ocurrentes niños, soy discípula de Cristo, y sirvo en la iglesia como danzora.
De esta manera me presento con todo aquel que es parte del equipo Steemit, vi que la mejor manera de conocerme era contándote la peor etapa de mi vida, quería demostrarte que en esa caída, decidí levantarme, quería que supieras que en ese momento fui muy débil, vulnerable, y sé que hay personas, jóvenes, adultas, que han pasado por situaciones como la mía, y quiero que sepan, si algún día llegan a leerme, que nada es imposible, que todo lo malo pasa, que los días oscuros, pasan, que días de Gloria llegan, días de paz, de risas genuinas, de gozo.
Fueron 3 años, en los que junto con Jesús han sido soportables, no voy a omitir que sí, me caí muchas veces más, pero decidiendo cada vez levantarme con más fuerza. Sufrí, lloré amargamente, perdí fuerzas y en muchas oportunidades perdí la fe e incluso la esperanza.
Pero tenía al Padre, tenía a Jesús y tenía al mejor amigo de todos, al Espíritu Santo.
Escuché que en el libro de Eclesiastés capítulo 3 dice; que hay un tiempo para ganar y también para perder.
Quiero que sepas y con esto me despido, que no siempre se obtendrá la victoria, muchas veces perderemos la batalla, pero de esas derrotas se obtienen enseñanzas, experiencias y madurez.
Saludos desde Venezuela.