Fue así, obligaron a su padre a arrodillarse frente a él y le descubrieron la cabeza. Ambos se miraron y se comunicaron muchas cosas con eso; era el fin para Luciano. Nunca le podría decir a su hijo cuánto lo amaba, aunque Gabriel lo sabía con toda claridad. El chico sintió rabia, odio, miedo, terror, toda una mezcla de emociones confusas. Honey se acercó a ellos y él tuvo que cerrar los ojos para no presenciar lo que más temía. Escuchó un quejido; su padre fue apuñalado una y otra vez en el pecho; Honey le salpicó la cara con la sangre que se adhería al cuchillo cada vez que entraba en el cuerpo de la víctima, y no podía evitar sentir aquellas cálidas gotas. Fue una muerte segura, que tardó bastante pues los segundos parecieron volverse más lentos; las lágrimas que empezaron a brotarle se mezclaron con la sangre y cayeron al piso una por una; la vida que tuvo con Luciano le pasó frente a los ojos en una oleada de recuerdos que lo torturaban, ya que sabía que con aquello se completaría el ciclo: ya había perdido a su madre y ahora lo perdería a él. Todo por intentar salvar a una joven de su propia desgracia.
Luciano cayó al piso, inerte. Honey se carcajeaba y se imaginaba cómo se sentía Gabriel, tan inútil, incapaz y frágil.
—Señorita Honey —dijo uno de los meseros—. ¿No cree que ya sea hora de acabar con el chico?
—No —respondió, sonriendo—. Espera a que él mismo desee la muerte; después de eso, cúmplele sus deseos, pero primero déjalo hablar.
El mesero obedeció y le destapó la boca para que hablara; luego se fue a recoger las cosas y limpiar el lugar para no dejar ningún rastro. Gabriel sólo lloraba y maldecía la hora de haber conocido a Honey; se arrepintió de no haber llamado a la policía el mismo día que lo había descubierto todo. Si hubiera hecho lo correcto, su padre no habría muerto frente a él.
A unos metros de distancia, Mariangel y un grupo armado de policías se acercaban al lugar con precaución; al mando estaba el capitán Darío y su ayudante, Karina, quienes estaban emocionados por terminar con el caso que les había dado tantos problemas. Darío dio la orden de rodear la zona para evitar que alguien escapase. Mariangel sentía un pequeño dolor en su pecho que, de acuerdo a sus supersticiones, tomó como un mal augurio. Apretó el rosario que le colgaba del cuello, rogando por que no hubiera pasado nada malo; así eran sus creencias, por eso llevaba una pequeña pulsera de la buena suerte en su muñeca izquierda.
El capitán Darío se acercó a Mariangel al ver su cara de preocupación, y con una pequeña sonrisa en su rostro le dijo:
—Creo que es mejor que se quede aquí —hizo una pausa—. Nosotros nos encargamos.
—Lo siento, señor policía, pero allá está mi novio y su hijo —le dijo ella—. Si me necesitan, quiero estar allí para ellos.
—Bueno, entonces manténgase detrás de mí —dijo Darío—. Si algo malo pasa, es mejor que esté protegida.
Mariangel acató la orden y se quedó tras él, rezando por el bien de Luciano y Gabriel. En el pasado ya había perdido a un ser querido y ahora estaba casi desesperada por salvar a ese par; si algo pasaba no lo superaría.
Honey y sus cómplices terminaron la limpieza. Ya eran expertos en eso; hicieron lo mismo que con el otro: lo colgaron de un árbol y dejaron una nota cerca. Gabriel ya estaba lleno de rabia e ira; no sabía qué hacer, intentaba soltarse pero igual no podía; se sentía inútil, desechable… al final tuvo que gritar en un acto de desesperación:
—¡¿Qué estás esperando para acabar conmigo?! ¡Si me dejas vivo te arrepentirás, porque te voy a perseguir hasta matarte, maldita zorra!
—Me encantaría saber qué harías —dijo Honey—, pero sé que si te dejo vivir, vas a quedarte llorando y te internarán en un centro de rehabilitación donde te harán perder el deseo de matarme.
—Te equivocas, sé que te encontraré y te mataré —dijo él—. Tengo el dinero suficiente para contratar a detectives o lo que sea, para matarte.
—Ya, niñita llorona, se acabó tu tiempo —dijo Honey con socarronería, limpiando el cuchillo con el que había matado a Luciano en su propia blusa, antes de hacerle un ademán a uno de sus cómplices para que terminara el trabajo—. Espero que te reúnas con tu padre en el infierno.
El hombre, de complexión robusta, se acercó a él con todas las ganas del mundo, haciendo un ruidito frenético con los dientes, ansioso por matarlo. Un revólver fue disparado y la bala silbó por el aire antes de darle en la cabeza al mesero; la policía había llegado. Honey y el otro mesero soltaron todo y salieron corriendo para escapar por los cerros; de alguna forma lograron evadir a los policías que venían por ese lado. Detrás de ellos iba una tropa totalmente armada, dispuesta a disparar si cometían una locura. ....
Continuara.