Todavía no me acostumbraba
a la sonrisa que se me hacía al leerla,
y ahora tengo que acostumbrarme
a no leerla,
y a no buscarla
para no ser tan masoquista
He llegado al borde
del inmenso bosque
que recorre nuestras
vidas y debo confesar
que estoy perdido, no sé
encontrar el camino de vuelta,
tampoco sé hacia donde avanzar,
intento dedicar mis torpes pasos
a donde sea que te encuentres
tú, pero es inútil,
te desvaneciste como el viento,
siempre tan fugaz como el tiempo.
La vida se me escapa
a la vez que permanezco
inmóvil entre la multitud,
melancólico y antagónico,
roto e incompleto me he
quedado quieto, colocando
raíces en donde (no) me plantaste,
esperando que vuelvas
de casualidad por algo
que hayas, dejado.
De madrugada me mantengo
despierto repasando todas
las inútiles frases
que no pude decirte,
las palabras que
nunca dijiste,
las preguntas que
te hice pero
jamás respondiste.
De alguna forma,
todo se acaba yendo
tarde o temprano:
las amistades, los conocidos,
los amores, la familia.
Lo único que permanece
es un espejo en el que mirarse
y aceptar que, cualquier día,
también se acabará rompiendo.