Ay Ifigenia, si usté supiera. Ayer corrí a la nieta, la muy brincona salía de noche sin que yo supiera y llegaba de madrugada. A mí sí que me extrañaba que a esa muchacha tan floja me la encontrara en la mañanita con el café recién colao.
Debí sospecharlo, cuantas veces me la encontré ahí en la cocina vestida y con la tasa de café humeante esperando:
—Buenos días abuela, ¿Cómo durmió? —. Me saludaba en la mañana, mientras me ofrecía la taza de café humeante.
Y yo de pendeja que la saludaba y le daba la bendición. Me tomaba el café y me comía a una galleta, luego me bañaba para salir a misa. Salía a eso de las 7 de la mañana, derechito para la iglesia y ella se quedaba ahí en la casa, porque según que entraba a trabajar más tarde.
Iba a mi iglesia, rezaba mi rosario, me quedaba un rato en la plaza con las del grupo de oración mientras aquella seguro estaba durmiendo. Volvía al mediodía y encontraba el almuerzo hecho, ella ya no estaba.
Veía la novela, tejía un rato, los martes y jueves iba al curso de costura; lunes miércoles y viernes iba al rosario a su casa, o la de Rosa o María. Llegaba en la noche, cansada, veía la novela y me acostaba. Ella me decía que no la esperara si tenía sueño porque a veces se quedaba hasta tarde en la oficina o con las amigas. La muergana esa.
Debe ser que tengo pintada la cara de poceta. La cosa empezó hace ya como seis meses. La vaga esa no estaba ni trabajando, tan grandota que es. La reina que no friega un plato. Dormía hasta el mediodía, luego pasaba toda la tarde con el teléfono o con las amigas del liceo. Al fin se había graduado de bachiller después de vieja, porque repitió tres veces.
Me decía “abuela, estoy esperando el cupo en la universidad” y yo le creía. Qué cupo ni que cupo, a esa vaga no le iban a dar cupo con lo bruta que es. Así pasó un año después de graduada hasta que le dije: “mira mijita, ve a ver si te encuentras un trabajo porque yo no me calo esto”
Y es que ya me tenía harta. Todo el día con la musiquita, echaota en los muebles y sin mover un dedo, la reinita. Insistí e insistí. No pagué el teléfono para que no tuviera internes, cuando me preguntó por qué no había le dije que seguro lo habían cortado. Y me preguntó la muy muergana que por qué no lo había pagado. Le dije que yo no usaba eso y que si quería internes trabajara.
La semana siguiente me vino con su carita de yo no fui a pedirme plata para ponerle saldo al celular. ¿Cuándo se ha visto eso Ifigenia? Le dije que no tenía plata, que trabajara si quería hablar por teléfono.
Dejé de comprar carne y pollo, puros granos y vegetales que a ella no le gustan. Cuando me preguntó, le dije “trabaja”.Y así, hasta que la muchacha salió un día bien vestida a buscar trabajo. Le di gracias a los santos y supe que todas las velas que les había prendido valieron la pena, gracias José Gregorio, gracias San Miguel, gracias Virgen del Valle por enderazarme a la muchacha me dije. Les recé un rosario para darles las gracias.
Fuente
Ya llevaba varias semanas trabajando cuando un domingo fuimos al mercado de los gochitos. ¿Sabes? Ese que ponen los martes, jueves y domingos en la urbanización, que se paran como cinco camiones al final de la calle ciega rodeada de una zona verde, ponen sus toldos y bajan la mercancía. Y ahí estaba yo, escogiendo unos tomates cuando me dijo:
—Abuela, quédese aquí un momentico que ya yo vengo.
Escogí los tomates, agarré unos pimentones que estaban bonitos, una mano de cambur y medio kilo de ají dulce. Me quedé esperando ahí, viendo las papas y las piñas, caminé a los melones, no encontré berenjenas, me acordé de que tenía que comprar un coco para un dulce, pregunté al gochito por cocos y no tenían. Pasaba el tiempo y nada que la muergana aparecía. Pesé las bolsas y pagué.
Salí del toldo acalorada, viendo para todos lados buscando a la princesita. Me dolían las piernas y la bolsa estaba pesada. Miré alrededor buscando una sombra así que me acerqué a una mata de mango que estaba floreando. Me senté a su sombra, en un tocón que usaban los gochitos para comer. Ya estaba a punto de llamarla cuando escuché un sonido extraño. Miré a todos lados, no vi a nadie. Lo escuché de nuevo. Miré hacia atrás, a la zona verde y vi un celaje.
Me quedé viendo y al rato, salió un gochito con su carota roja y sonriente, subiéndose la bragueta. Me quedé ahí sentada otro rato, nada que aparecía la niña. La llamé por teléfono. Repicó y repicó pero nada que atendía. Ya me estaba preocupando y en una hora empezaba la novela. Insistí, escuché su teléfono sonar detrás de mí, a varios metros, colgó. Miré a la zona verde. Nada.
Llamé de nuevo. Escuché mejor cuando sonó la primera vez, ella me colgó. Agarré la bolsa y me fui para allá, preocupada. Caminé unos metros cuando casi me la llevo por delante. Venía caminando hacia mí, sudada e inquieta. Me le quedé viendo, se puso roja, le pregunté:
—Mira mija, se puede saber, ¿tú que estabas haciendo allá en ese monte?
—Estaba trabajando —. Me respondió la muy sinvergüenza.
Por cierto, este cuento corresponde a mi "¿hasta cuando dura esto?" Reto Diario 1.75%® powered by @jcalero Día 18. Habrás notado que hubieron días que no publiqué, pero imagina que lo hice, ya sabes, no es mi culpa que algunos ladillados se pusieran a hacer experimentos con steem, códigos y tenedores.
Publicado desde mi blog con SteemPress : http://jcalero.vornix.blog/2018/10/02/bernarda-le-cuenta-a-ifigenia/