Duele, duele mucho
No sabes, mamá, lo que me duele oírte hablar. Yo pertenezco a esa "escoria" a la que tanto odio profesas. Claro que eso nunca lo sabrás.
No te lo diré nunca directamente.
Tal vez algún día nos veamos por la calle, nos miraremos, pero no diremos nada. Como completas desconocidas a pesar de haber vivido juntas. Tal vez te sonría, pero no me acercaré, no me atreveré a acercarme por miedo a lo que me dirás cuando me veas de la mano de ella.
Mamá, jamás pude ser yo misma en mi propio hogar, ¿qué opciones me quedaban? Yo misma rechacé lo que era por años solo por querer ser aceptada.
Mi corazón me decía que te lo gritase, pero mi boca no podía soltarlo. Que me estaba muriendo, que estaba sufriendo. Llorar a solas en mi habitación se había convertido en mi refugio.
No soy un monstruo, mamá. Y escuchar esas palabras salir de tus labios duelen demasiado.
Me pregunto, ¿podríamos darnos otra oportunidad? Tal vez así podría ser una buena hija de la que no sintieras vergüenza.
¿Podrías darme otra nueva oportunidad y no dedicarme una mirada de desdén cuando me quedo mirando una chica al pasar?