Aunque cualquier anécdota de mi biografía resulta curiosa y sorprendente, porque mi vida es realmente extraordinaria, no me gusta hablar de mí en primera persona y lo evito sistemáticamente. Pero ya va tocando.
Mi amigo Víctor Chamorro dice, y con toda la razón, que la vida está hecha para acabar en un buen libro.
Desde las extrañas circunstancias de mi nacimiento hasta el momento en el que estoy escribiendo esto, nada significativo que pueda considerarse como normal me ha pasado. Nunca.
Dediqué dos días seguidos de único retiro buddhista que hice a recordar anécdotas increíbles de mi vida y cuando, ya agotado paré, me habían salido más de trescientas,
Pero ser un bicho raro no es condición para toparme con el Dhamma, pero ayuda.
Mi formación es extensísima, contando con más de veinte titulaciones profesionales. Aprobar exámenes es para mí una habilidad que prácticamente no requiere estudiar para ello y menos, saber.
Si un tema me llamaba la atención, me matriculaba de todo lo que fuera matriculable en relación con esa área del conocimiento. Después, aprobaba con las mejores calificaciones y, de lo poco que retenía, si era interesante, recordaba los aspectos teóricos básicos que rigen esa área. Y cuando llegaba a saber más que nadie sobre ese tema, simplemente pasaba página y a otra cosa mariposa.
Hay gente que colecciona coches y, cuando tiene la mejor colección, se pasa a coleccionar yates. Mi caso es similar salvo que lo que me gusta coleccionar es conocimiento.
Sin entrar en profundidad, lo que más me ha atraído ha sido el arte, la radio, la informática, la empresa, las inversiones, la política, la seguridad y salud laboral y la seguridad nacional. En todas ellas llegué a poner una raya donde nadie había llegado. Y, como siempre, puesta la raya, adiós.
Para lograr esto no solo es imprescindible ser inteligente. Además, hay que aprender a pensar, aunque sea a base de sangre, sudor y muchas lágrimas.
La mejor carrera que hice en mi vida es justamente la única que no acabé: ingeniería superior naval, en la que me embarqué cegado por el orgullo de aceptar el reto de hacer la carrera más difícil en aquellos años en España. Después de haber batido récords de medallas, diplomas, matrículas, etc. me encontré estrellado contra un muro inquebrantable.
Allí había que pensar, pensar de verdad.
Las matemáticas en todas sus versiones y la física también en todas sus versiones eran trampas para listos. Ahí te embarrabas y te hundías. A base de estudiar hasta caer enfermo, empecé a aprender a usar la tranquilidad y la intuición para resolver problemas que nunca se habían planteado, que era la especialidad de la Escuela. Los profesores tenían una imaginación diabólica para crear, la palabra es crear, problemas de generación espontánea, únicos en su naturaleza y que jamás se volverían a plantear.
No sé cómo podían hacerlo.
Cuando, al fin, aprendí a pensar, perdiendo un curso por simple y llana extenuación mental que repercutió gravemente en mi salud, y empezaba a encarrilar la carrera, llegó un compañero a clase. Éramos únicamente ocho en todo el curso. Nos informó de que, a raíz de la reconversión naval, habían echado a 300 ingenieros navales a la calle. Esto nos dejó en shock y le dijimos al profesor que no se molestara en entrar a clase que era posible que no lo hiciera más. Ese número representaba nada menos de 30 promociones de ingenieros navales (salía una media de 10 por año, aunque entraban 180). Jamás trabajaríamos. Así que siete de los ocho salimos para no regresar. Todos a informática, claro, que estaba empezando porque otra vez no nos volvería a pasar lo mismo.
Salí de allí dispuesto a comerme el mundo por las patas. Con la sensación de los años perdidos y con una cabeza prodigiosa, me dediqué a hacer carreras una tras otra y aprobar cursos de dos en dos, mientras trabajaba en otra cosa.
En Navales aprendí, por obligación, a investigar. Todos los años teníamos que hacer un trabajo de investigación que llevaba idéntico planteamiento: “medir una magnitud física por un procedimiento que no haya sido publicado”. Y esto era solo para poder presentarnos al laboratorio de física que era obligatorio aprobar para poder presentarnos a física.
Así eran de salvajes en esta Escuela.
Ahí comprobé lo cortos que eran los límites del conocimiento humano y lo fácil que era expandirlos. Tomando confianza, no tenia problema alguno en echarme a la espalda problemas irresolutos para encontrarles solución y, además, elegante. Porque si no es elegante y simple, ni es solución ni es nada.
Después de una vida profesional muy notable, embarcado en multitud de actividades tanto sociales, como políticas, como empresariales, como sindicales… haciendo cosas imposibles, lo imposible es mi especialidad, llegué a un punto en el que la vida me llevó a revolverme contra el estado de las cosas, que no era más que la ubicua corrupción que siempre ha ahogado a España. Y eso de hacer cosas imposibles y querer reventar el sistema me llevó a una batalla salvaje en todos los frentes.
Y sucedió lo posible. Me quebré.
Y ahí entré en un vórtice que me arrastró hasta los infiernos más profundos. Asi purgué con un sufrimiento indescriptible de años, una cantidad de kamma impresionante. Vivía torturado en una crisis de ansiedad crónica y con ocho o diez ataques de pánico al día. Eso es como estar muriéndose cada dos horas, y no acabar nunca, y nunca te acostumbras.
Empastillado, medio zombi, me desahuciaron definitivamente a los 47 años.
Y ahí gané otros dos puntos. El primero, las ganas de aprender, a tratar de darle sentido a una vida que era un infierno.
El segundo, liberarme del trabajo viviendo de la limosna del estado y saliendo de casa, del hogar. Nunca volví a vivir en mi ciudad.
Ahí obtuve el planteamiento del problema: si los genes me usan para reproducirse ellos y los memes me parasitan la mente y piensan por mí… ¿Qué soy?
Empecé desde la idea del no-yo, evitando el nihilismo por no ético y, ahí mi error, en lugar de ponerme a investigar por mi cuenta, me metí a conocer y a estudiar el buddhismo al comprobar que daba una respuesta ética al no-yo. Engañado por las apariencias y, por qué no decirlo, por el papanatismo acrítico, di por buena la venta que los theravadines hacen de sí mismos: los más antiguos, los más puros.
Caí como un estúpido, me tragué las mentiras sin más y eso me llevó a perder nueve años.
Emprendí un vagabundeo huyendo de la soledad y del frío y con la única idea de resolver el problema del absurdo de mi existencia. De la montaña de centro, pasé a las playas del Levante y, antes de regresar al frío de la montaña, me atreví a saltar de continente y de océano e irme lejos, a 9300 kilómetros de todo, a meterme en algo parecido a una cueva sin luz, dedicado al estudio y a la práctica.
Me convertí en un verdadero ermitaño huraño sin relación con la gente durante los dos primeros años. Años de tortura mental y de intensivo estudio del absurdo Abhidhamma theravada. Siempre era lo mismo: como criticar no era opción, la salida pensaba que era estudiar más y más. Y cuanto más estudiaba más absurdo resultaba. Así que me metí en un bucle estúpido.
Lo único que tenía claro, desde el principio, era que quería lograr jhānas.
Y, a pesar de la insistencia de los theravadines de que hiciera vipassana o cualquier otra práctica, que veía que no me llevaba a nada y eso era comprobable, me dediqué a echarle ganas, y horas, logrando producir alteraciones emocionales cada vez más fuertes, aunque sin lograr tomar control sobre ellas.
Usando un típico método de Buddhaghosa un día logré lo improbable: logré entrar en la primera jhana y eso me curó de golpe. Pero los efectos son temporales e iba viendo que el infierno regresaba y no lograba repetir la jhana.
Ahí tuve otro punto que faltaba: lograr jhānas. Pero quedaba quizás el más difícil.
Cada día que pasaba, tratando de repetir cuidadosamente, paso a paso, y con todas las variaciones posibles la jhana de aquel día, y viendo que, repitiendo lo mismo, no salía, y el infierno se me echaba de nuevo encima, llegué al extremo de decirme: formateo, se acabó. Empiezo de cero, los métodos theravadines son basura. No son ni métodos, porque un método si se repite, se obtiene resultados y esto no funciona. Así que repudié, olvidé, negué todo lo que tuviera relación con los nueve años dedicados al estudio del buddhismo. Lo cancelé, lo anulé.
Estaba ya solo. Solo con mis propias fuerzas, sin nadie que fuera influencia de nada.
Y ahí, que cosas, logré el cuarto y último punto: no depender de maestros.
Únicamente fui al sutta que describe el método de respiración y solo leí: “pone su atención enfrente”. Y ya. Lo entendí: el objeto de meditación es el aire.
Y el resultado fue instantáneo.
A partir de ahí, siempre logré jhānas sin problema.
Luego verifiqué por mí mismo, que entendía los suttas, que antes solo eran cuentos mas o menos simples. Ahora veía a que se referían. Pero los usé solo de referencia, porque en el camino sí que me encontré con mi verdadero maestro.
Cada meditación, un tema. Así he llenado mas de medio millar de capítulos describiendo el Dhamma según me iba acercando a él. Y lo he ido publicando para dejar constancia de mi investigación, sin más interés que hacer públicos lo que constituyen los cuadernos de campo.
Y salieron muchas más meditaciones, y aprendí a tomar el control de la mente, y a entrar en la corriente, y después a ir disolviendo los grilletes del apego y la aversión y luego abandonar el sufrimiento y por último llegar a la sabiduría.
¿Por qué a mí?
Era una pregunta obvia. Han pasado muchísimos años. Y supuestamente mucha gente. Luego te das cuenta que las jhānas que logré casi nadie históricamente las ha logrado, por lo que sin medio de comunicación no hay maestro posible. Las diez o doce personas vivas que dicen haber logrado jhānas, nunca mencionan la supresión del pensamiento reactivo y alegan que eso solo lo podía hacer el Buddha. No es cierto, porque esto lo hace cualquiera con mi método de jhānas.
Eso es difícil, pero lo más extraño es no ser buddhista, no pertenecer a ninguna secta ni tener a maestro convencional no iluminado.
Además, no hay iluminados desde hace miles de años. Además, suma el inmenso deseo de aprender y haber abandonado mi casa, mi país y mi gente.
Es decir, esto se ha podido dar porque, a base de carambolas, me puse a tiro.
Y el Mahābrahmā Ariya, Sahampati o Sahaka, o como queramos llamarle, pudo por fin, hacer su función.
Y cada día, casi todos los días, un trabajo agotador. Ver la realidad que no es transmisible ni explicable, y luego a hacer lo que sé hacer. Relajarme, pasarlo bien, olvidar el asunto y a esperar a que la intuición vierta en el teclado lo que mi cerebro fue elaborando en segundo plano durante el día. Lo que aprendí en Navales.
Todo ese trabajo lo tienes a tu disposición. Paso a paso, cronológicamente. Conceptualizado y explicado y conectado y demostrado.
Lo más difícil quizás, fue renunciar a mi firme intención de no enseñar.
Pero, visto lo visto, no hace falta hacer mucho, porque tal y como está la humanidad, muy pocos humanos quedan cuyo kamma les conduzca a salir del Samsara. O sea, el trabajo será relajado. Un trabajo tranquilo, sin recompensa alguna. Y mordiendo. Que quien tenga el kamma para liberarse será suficientemente fuerte como para aguantar mis mordiscos.
Porque, como dijo Diógenes, muerdo a mis amigos para salvarlos.
Demasiado dormidos como para despertarles con caricias.
Dando patadas, devolviendo el favor.