Hace miles de años, un hombre con su pequeño grupo tribal, había logrado dar caza a un venado, cuando vieron entre las ramas que se movía una cosa extraña; no eran osos, ni renos o venados, eran animales que caminaban en dos patas y portaban garrotes. Eran otros seres humanos y podían ser peligrosos.
El grupo que acababa de cazar, levantó sus flechas y gritó para advertir a los visitantes, estos también gruñeron, pero ante un gesto de su jefe, abandonaron las armas y levantaron sus manos para mostrar que estaban vacías. después de un momento de silencio, ambos jefes empezaron a lanzarse gruñidos amistosos, para tranquilizarse en forma mutua.
Al final, aquellos animales bípedos intercambiaron hachas y otros elementos, y terminaron por compartir la cacería de aquella jornada.
Aquello sucedió en la noche de los tiempos y durante siglos y milenios, los humanos en algunas ocasiones usaron sus armas, y en otras se dieron las manos. Ha sido la misma historia desde entonces.
Y el encuentro más alto entre dos humanos como recordatorio de aquella tarde al pie de una caverna, se dio más allá de las nubes y de nuestros ojos, pero muy cerca de nuestras alegrías y esperanzas. El uno era norteamericano y el otro soviético, y no estaban al lado de ninguna caverna, sino ingrávidos, volando en el espacio exterior a 40 mil kilómetros por hora. Uno comandaba la nave norteamericana Apolo, el otro, la soviética Soyuz.
Fue la primera vez que las dos potencias realizaban una misión conjunta, fue un día como hoy, 17 de Julio de 1975.
Y como los dos antepasados de las cavernas, nos enseñaron que 2 seres humanos distintos, pueden darse la mano en sus sueños de paz y de respeto, aquí en la tierra, o cerca de las estrellas.