En la historia del siglo XX hay algo que a primera vista no se comprende: en la práctica, la II Guerra mundial ya había terminado en abril de 1945. En los primeros días de mayo, el mundo parecía avizorar una luz tras la larga pesadilla vivida, los grandes protagonistas de la tragedia ya empezaban a rendirle cuentas a la historia: Hitler se había suicidado en su búnker y Mussolini había pretendido huir a Suiza escondido en la parte trasera de un camión de ganado; fue arrestado y juzgado, fusilado en forma sumaria.
El planeta entero, hombres y mujeres de paz de todo el Mundo empezaban a buscar respuestas para las más amargas preguntas, y empezaban a buscar preguntas que nunca se habían hecho. Era urgente en ese momento de paz preguntarse sobre la guerra y albergar esperanzas sobre un mundo sin violencia.
Entonces, una mañana de un lunes tibio y luminoso, un estruendo nunca escuchado en la historia, sacudió la consciencia de todos los que tenían consciencia, y un resplandor de un millón de soles se alzó sobre la tierra y los cielos como nunca nadie lo hubiera imaginado. Aquello era Hiroshima, destruida por la primera bomba atómica de la historia. Y aquel nombre quedó por siempre como sinónimo del horror innecesario.
Y cuando el Mundo no salía del asombro y la indignación, la barbarie se repitió cuatro días más tarde contra la población civil de Nagasaki. Cien mil personas, en solo un segundo, se convirtieron en noticia, en fuego, en cenizas, en átomos, en nada...
Fue un día como hoy, 09 de Agosto de 1945, en Nagasaki.
Y desde entonces, el Mundo debería saber que la vida depende de aquellos que no la conocen ni la respetan