Los antiguos griegos se habían preguntado acerca de todos los misterios del Universo. Se preguntaron desde el tamaño de lo más grande, hasta la existencia de las más pequeñas partículas de la materia; uno de aquellos griegos las llamó átomos, que quiere decir, partículas que no se pueden dividir.
Pero los humanos olvidamos esta verdad, porque durante la Edad Media, no interesaba pensar en nada y pensar en algo estaba prohibido.
Pero todo en la vida termina, la Edad Media también terminó. Y los humanos empezamos a pensar en todo otra vez; por supuesto los átomos, tan pequeñas partículas de la materia, generaron gigantescas discusiones.
La Iglesia por ejemplo, opinó que los átomos no podían existir, porque dios no podía crear partículas que él mismo no podía dividir.
Y así, entre una discusión tras otra, un día nació un francés llamado Henri Becquerel, que pertenecía a una extirpe de destacados científicos. Becquerel quiso adentrarse en esos territorios seductores de la ciencia, donde no existen verdades reveladas, sino escurridizas. Lo hizo para investigar los misterios de los átomos, que en definitiva, y a pesar de todo, sí existían.
Un día como hoy, para asombro y euforia de los científicos, ante la academia de ciencias de Francia, realizó la demostración de la radiactividad. Fue el primer paso en el manejo de la energía atómica, con todas sus amenazas y con todas sus esperanzas.
Becquerel hizo el experimento un día como hoy, 12 de junio de 1901.
Y muy lejos en el tiempo, como... 400 años antes de nuestra era, Demócrito, el primero que planteó la existencia del átomo, sonreía con orgullo y gratitud.