Más allá de las apariencias actuales, la historia de las grandes potencias económicas no fue siempre así. Las grandes crisis y las implacables hambrunas en Europa originaron un gran movimiento migratorio hacia el continente americano.
A finales del siglo IXX y principios del XX, millones de migrantes europeos llegaron a América. Entre esas multitudes de desamparados llegaron dos italianos que en su patria no se conocían, uno se llamaba Nicola sacco, el otro, Bartolomeo Vanzetti.
Sacco y Vanzetti pronto habrían de pasar a la historia. Cada uno por su lado, ambos terminaron convirtiéndose en defensores de los derechos de los obreros, en una época de feroz crecimiento de la economía capitalista. Y cierto día hubo dos asaltos armados, que terminaron en la muerte de varios guardias. La sociedad se conmovió y busco chivos expiatorios.
La policía pensó que lo mejor era golpear con fuerza, sin misericordia ni protocolos. Entonces capturaron a estos dos italianos, trabajadores pobres y honestos.
Y en un juicio que todavía eriza la piel por lo irregular e injusto, los testigos fueron presionados, se retractaron y contradijeron; nunca hubo una evidencia seria contra Sacco y Vanzetti. Al final fueron declarados culpables en medio de los gritos de horror de los presentes, que entendieron aquello como un crimen contra dos hombres inocentes.
"Dios sabe que estas callosas manos de trabajador nunca han matado a nadie", dijo Nicola Sacco; y Vanzetti dijo: "Mi vida fue limpia, llena de sacrificio y entrega a los demás, moriré sin ver crecer a mi hijo, soy inocente."
Y ambos enfrentaron la pena de muerte, en uno de los más oscuros procesos en la historia de los E.E.U.U. aquello fue un día como hoy, 23 de agosto de 1927.
Y la palabra y el ejemplo de Sacco y Vanzetti siguen resonando, más allá de las injusticias, en favor de la solidaridad humana.