Era un niño que cuando tenía diez años asistió a un concierto de piano; y aquella experiencia lo marcó de manera tan profunda, que guardó aquel programa de mano a lo largo de toda su vida. Su destino estaba claro. Aunque sus padres presionaran para que estudiara leyes, su vida había de estar marcada por el pentagrama.
El personaje se llamaba Robert Schumann y el mundo lo recuerda como un brillante compositor. Aunque su sueño de gran intérprete de vio frustrado por un exceso de su parte: para mejorar su virtuosismo, Schumann se ligaba y retorcía los dedos manera exagerada, para aumentar su flexibilidad. Y llegó a tal extremo, que se fracturó uno de los dedos. Esa lesión le impidió volver a interpretar el piano y Schumann se limitó a la composición musical.
Esa frustración se unió a problemas amorosos y a otros conflictos familiares de vieja data. La familia de Robert Schumann presentaba un historial de depresiones y otras complicaciones fatales.
Aquejado por un profundo desgaste emocional, aquellas descompensaciones mentales hicieron mella en Robert Schumann, hasta que un día, desesperado, se lanzó a las aguas heladas del Rin, de donde fue milagrosamente rescatado.
Sus otros años los pasó envuelto en una neblina mental que le permitió poco contacto con la música, encerrado en un sanatorio.
Pero aquel personaje, silencioso y desconocido, antes había sido el compositor romántico por excelencia de la Alemania de su tiempo. Y había nacido, Robert Schumann, un día como hoy: 08 de Junio de 1810.
Y había nacido para quedarse para siempre en el mundo de la música; con un nombre propio en las principales carteleras del mundo.