No todas las obras de arte tienen un nacimiento fácil; en París, en 1913, se estaba estrenando un ballet llamado La consagración de la primavera. Era tan revolucionaria aquella música, que cuando empezó la obra, muchos lanzaron aullidos y exigieron que se suspendiera. Mientras tanto, una dama encopetada, le daba un bofetón a un caballero que rechiflaba aquel ballet.
Entre el público había famosos músicos convocados por la obra; por ejemplo Camille Saint-Saëns y Florent Schmitt, gritaban que el compositor era un farsante. Maurice Ravel gritaba desde otro extremo que el autor era un genio portentoso. El embajador de Austria reía a las carcajadas y un noble alemán lo llamaba estúpido blasfemo.
Una princesa española decía que ella tenía 60 años y que nunca antes nadie le había tomado el pelo. Mientras Debussy, pedía a gritos que dejasen escuchar aquella música maravillosa.
Esa obra que tanto barullo armaba, era creación de un músico ruso radicado entonces parís y era una muestra más de que había llegado al mundo de la música para revolucionarla por siempre.
Este músico de familia de artistas y con muy tempranos estudios en el pentagrama, era Ígor Stravinski, uno de los grandes compositores del siglo XX, estaba naciendo un día como hoy 17 de junio de 1882, cerca de San Petersburgo, para conmover el siglo XX con su nueva concepción de la música.