En el lejano pasado, la palabra "guerra" estremecía a quienes marchaban al combate, porque sabían que le verían la cara a la muerte frente a frente.
Los guerreros mataban o morían de frente, viendo el rostro del enemigo, siendo testigos de su grito y su dolor, de su rabia y de su miedo.
Pero dicen que después aparecieron los cobardes, los miedosos, y que esos miedosos y cobardes inventaron las armas de "destrucción masiva". Entonces los humanos aprendieron a matar a distancia, sin ver la cara de su víctima.
Fue tan fácil la tarea con tan poderosas armas, que las muertes no eran solo de enemigos armados, sino también de la población civil, que nada tenía que ver en el conflicto.
El la Primera Guerra Mundial por ejemplo, un 5% de las víctimas fueron civiles. En los últimos conflictos internacionales en el Medio Oriente, un 99% de las víctimas han sido civiles, que en teoría, no participan en la guerra, pero terminan perdiendo la vida.
Es tan absurdo y desequilibrado, que resulta más seguro tomar las armas e ir a la guerra, que ser parte de la población civil en una zona de conflicto.
Quizás para darle algo de racionalidad a lo más irracional que es la guerra, 130 países firmaron un tratado para proteger a la población civil en caso de confrontación bélica. Este acuerdo sigue sin cumplirse, pero por lo menos quedó en el papel y en el protocolo, el sueño más caro del ser humano: la paz y la justicia.
El acuerdo, para constancia histórica, se firmó un día como hoy 11 de Junio de 1977, en Ginebra, Suiza, y el mundo espera, algún día, su cumplimiento y después, para orgullo de los humanos, el fin de todas las guerras.