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Acto 1
Ella, Melania. A los quince se enamoró de un muchacho desorientado y consumido por las drogas. En contra de los deseos de su familia se mudó con él. Todo iba bien, hasta que Juan Adolfo quebró el idilio colocándole una pistola en la sien sin razón alguna.
Ella pensó en su mamá y en la tristeza que le causaría saberla muerta. A lo lejos oyó un ¡clic! Jura que su mano tomó vida propia -pues ella se había resignado- apartando velozmente el arma de su cabeza. El proyectil logró atravesar su palma. Con tanta sangre y loca de susto, igual se dio por muerta y corrió como yegua en hipódromo a la casa de la mujer que la parió a dejar en tierra santa sus últimos estertores de vida. Su Romeo trababa de alcanzarla para pedirle perdón, no a rematarla como creía.
Acto 2
Su familia se apresuró a llevarla al Hospital, dejaron para luego las preguntas, allí la recibió un médico descortés a quién el constante roce con el dolor había neutralizado su sensibilidad y, sin más, decidió amputarle la mano. Ella sollozaba horrorizada. Afortunadamente, entró en escena un ángel honrando su juramento hipocrático. Discutió aspectos técnicos con el galeno y asumió el caso. Unas puntadas, antibiótico y la sapiencia, evitaron dejarla mocha.
Llegó el momento de las explicaciones ¿Qué sucedió? Mintió. Dijo que martilló un proyectil, curiosa por ver su contenido y este explotó. No quería que sus hermanos le dieran una paliza al Juan Adolfo, no fuera que lo dejaran vivo y este intentara asesinarla nuevamente, esta vez, sin fallar. Le dijo a su concubino que por su condición - tres meses de embarazo- y las recomendaciones del médico, debía estarse con su mamá un tiempo. Tiempo que aprovechó para rezar, rezar y rezar. No quería regresar con él.
Acto 3
Entonces, alguien en los cielos oyó sus ruegos. Pasados unos meses, Juan Adolfo le exigió un cigarrillo a un extraño, al este negarse, le disparó matándolo en el acto. Mira tú, que la desgracia de algunos es la dicha de otros. Uno al cementerio, otro a la cárcel y ella respirando aliviada.
El bebé nació, lamentablemente muy débil. A los dos días hubo un corte de electricidad que afectó a la mitad de la ciudad. La planta de emergencia del Hospital no arrancó. Esa noche, murieron tres bebes en terapia intensiva. Uno fue el de Melania.
Juan Adolfo desde la cárcel, clamaba por su mujer. Su suegra, le rogó atendiera la súplica. No pudo negarse, se hizo acompañar por mi comadre Anita. Aquí el relato se puso intenso, me dijo:
-Chama, Dios te libre y te proteja de pisar alguna vez la cárcel. Es el lugar más horrible que puedas imaginar.
Me contó que antes de entrar la desnudaron junto con todas las demás mujeres que iban de visita, hurgaron en todos los orificios que pudieron encontrar en su cuerpo. Las celadoras le gritaron como a perro sarnoso. Se sintió humillada.
Con sobresalto y tristeza miró que el otrora galán, era un flacucho pálido y sin dentadura.
-¿Qué pasó con sus dientes? –pregunté.
-¡Ay manita, tuvo que dárselos a otro preso, en pago por favores!
-¿Qué?
-Ni yo sabia que él usaba prótesis, pero eso no es todo, hay que pagar para que le presten a uno un rincón con sábanas por paredes para tener ¡sexo en una camita de cartón!
Melania no regresó jamás.
Acto final
Estuvo un tiempo usando faldas larguísimas y alabando al señor. Un día reconoció que no podía seguir a Jehová y a Hugo Chávez a la vez. Dejó las faldas y la Biblia. Se fue unos tres meses a Cuba y al regresar se internó en las selvas de oro y diamante de Bolívar. Por allá conoció a Bigote, un buen hombre, trabajador, con sus pantalones bien puestos. Ya tienen tres muchachos.
Mientras tanto, Juan Adolfo cumplió su condena de quince años y, al salir, la buscó. No contaba con que ella tenía otro hombre. Le bastaron dos palabritas de Bigote y no se le volvió a ver.
Hace largo rato que no sé de ella. Lo último que supe es que desde su trinchera, se mantiene informada de todos los acontecimientos de su vecindario. Que ni necesidad tienen de comprar los diarios. Simplemente se van un rato al Kiosco de la amiga y mientras se toman un cafecito con la empanadita que ella les vende, se ponen al día en las noticias.
A Juan Adolfo lo encontraron muerto de una sobredosis, en una calle cualquiera de mi vaporoso pueblo.