Su mirada delataba ese aire gastado que exhalaba al caminar, a lo lejos se escuchaban pasos apurados como cuchillas apuntalando el cemento y muchos relojes marcaban horas distintas, las corbatas ya no lucían tan exactas y perfectas como cuando desnudaba su cuerpo al amanecer. Ya no importaba el rojo de su timidez pues en su rostro se dibujaba cualquier burda descripción de un ser que perdió todo, quien sabe si su temprano pudor, quien sabe si su latente impuntualidad al instante de amar o quizá esa moralidad tan retorcida al momento de morder esos labios llenos de dolor. La miré y sentí cómo entraba raspando suavemente el negro café por mis recuerdos tan intensos llenos de erotismo y placer de burdel. Esta vez vestía algo distinto a lo habitual, quizá presentía que el destino le preparaba un instante imperfecto en su artificial vida nocturna. Me acerque con temor, le di un beso y aún su piel se elevaba junto a su olor tan característico despues de una noche llena de lujuria y placer. Entendí que era el adiós pues aunque quise confundir al destino nunca más la volví a ver.