Y allí en fila estábamos todos, frente a la puerta del cobertizo.
Decidimos que Marquitos debía entrar el primero, dado que había sido él, el que había visto y mencionado al niño número once, interrumpiendo los juegos y la fiesta de mi cumpleaños. Cuando Marquitos –aunque obligado –estaba en la primera posición en la fila, la puerta se abrió lentamente y todos quedamos muy atónitos oyendo aquel estridente crujido de bisagras desvencijadas.
Esperamos a que Marquitos dijese algo y repentinamente gritó: ¡Allí, allí está el niño número once! Señalaba con el dedo índice a una de las esquinas oscuras del habitáculo. Pero entonces oímos a mi padre que decía desde el interior:
-He venido a coger un rastrillo. Aquí no hay nadie más que yo. ¿Qué juego es ese del niño número once?
Desde ese día, Marquitos al igual que el protagonista de la leyenda soriana de Bécquer, nunca volvió a ser el mismo.