Fueron los campesinos medievales de Alemania quienes retomaron las viejas costumbres de los griegos, celebrando los cumpleaños de los niños con un gran pastel, en recuerdo del convite de caridad que los primeros cristianos llamaban ágape, se encendían tantas velas como años tuviese el muchacho, más una, que representaba ¨la luz de la vida" el niño debía apagar todas las llamas de un soplido, para que se cumpliese el deseo que mentalmente formulase, menos la que simbolizaba su porvenir.
No se entendió bien en otros países el rito de la germánica vela de la vida en las celebraciones de cumpleaños, y sólo sobrevivieron las que se correspondían numéricamente con la edad, en una costumbre que se extendió rápidamente por todo el mundo y para todo tipo de gentes.