Hola, comunidad!! Somos una pareja de amigos y amantes que dicidimos unir nuestros talentos para crear algo que nos diera orgullo. Él, escritor y cronista. Ella, artista plástica y diseñadora. Así nace Caracas para principiantes, una plataforma que intenta explicar a la capital venezolana y su realismo mágico, con todo el amor y el odio que le procuramos sus moradores. Este es nuestro primer aporte a la comunidad de PeakD
Por: Marlon Zambrano
Ilustración de portada: Sol Roccocuchi
Fotografías: Enrique Hernández
La virilidad del copete inmóvil. Las patillas alargadas como un caminito de espigas. El degradado que arranca desde la depresión concéntrica del cráneo hasta languidecer a pie del mentón. La barba seccionada en busca de la mejor proporción áurea. La raya de lado. Aquí no hay corte "magrey", "sfumato", flequillo, mucho menos extensiones. ¿Tinte fucsia? ¿Qué es eso? Tampoco hay fashion, look, ni mamitas ni bombón.
“Barbería pa’ puro macho”, puntualiza César Colmenares con su marcado acento andino. Regenta desde hace 30 años El Refugio (durante medio siglo Barbería Córdoba), entre las esquinas de Maturín y Abanico, cerca del Templo Masónico de la parroquia Altagracia en pleno corazón de Caracas.
De pronto, pero no al azar, llegan Harry y Moisés, cada uno con una birra en la mano huyendo de la rutina del ministerio para encontrarse con la noticia de ese viernes en la tarde: 3×3 España y Portugal. Rueda el Mundial de Fútbol Rusia 2018 y César lo sabe, y lo celebra. Colgó en la techumbre de su establecimiento ristras de banderines de cada país, como una telaraña barroca. No es algo atípico.

Su barbería, clásica como las de antes, no es solo un pasillo ancho de espejos relucientes con cuatro sillones comprimidos de memoria. Es también un museo profusamente ornamentado, que destila a través de sus paredes la memoria forzada de eso que algunos llaman La Venezuela de ayer. Allí se han afeitado ministros, panas del barrio, gente seria que se balancea en la costumbre y hasta ese personaje mitológico, instrumento de una novísima tradición: Hugo Chávez en persona, recién salido de presidio, cuando instaló una oficinita en la esquina de Abanico.

César, coleccionista impenitente, cuenta que va por los pueblos observando lo viejo y admirando el pasado: “Siempre me gustaron las antigüedades, cosas de época, recordar los momentos sagrados de los abuelos”.
Entre latas de cervezas y refrescos, sombreros charros, bastones de policía, conchas y cachos, botas de vino, cascos de guerra y gorras de béisbol, carritos plásticos, teléfonos inútiles y pósteres, lo que menos importa son los mechones regados, arrancados de las testas de los clientes que se muestran ansiosos, menos por lo que está pasando que por lo que está a punto de pasar.

Harold Rojas echa tijeras, César también. Harold repara máquinas de afeitar en una esquina, César atiende el teléfono en la otra. La clientela entra y sale con la facilidad de la tranza, pero en la medida en que avanza la tarde -sobre todo los jueves, viernes y sábados- se comprime la atmósfera, se detiene el aliento, y como parte de un encantamiento, todo cobra sentido por lo fantástico de la ciudad y sus prodigios.
Llegan los morochos. Primero uno, dicen que el morocho malo, y después el otro, el bueno, con tres hembras dispuestas a la guerra: son Sharlott, Soé y Susej (“Como Jesús, pero al revés”, me aclara con su boquita prensada de rojo carmesí); y todos, bajo el influjo aleatorio de la felicidad explosiva del caraqueño, arman la fiesta.
El despeluque
“Estando contigo me olvido de todo y de mí / Parece que todo lo tengo teniéndote a ti / Y no siento este mal que me agobia y que llevo conmigo / arruinando esta vida que tengo y no puedo vivi-iiiiirrrrrr”, gime César, quien emerge, micrófono en mano, desde un portón solapado y debajo de un típico sombrero pelo ‘e guama que le queda gigante. Esta vez, por mala suerte, no lleva el mandil que levanta para exhibir un pene descomunal de plástico con el que persigue a la clientela más díscola.
Es oriundo de la ciudad de San Cristóbal, capital del occidental estado Táchira, tiene 62 años de edad y es padre de tres hijos, dos de ellos periodistas. Teoriza sobre la felicidad sencilla: “Aquí la pasamos entre familia y amigos, felices todos, cantando y jodiendo”. Cualquiera se suma si entra en confianza e ingresa a esa selecta logia de clientes-casi hermanos.
