El abuelo de la playa, a quien el caminante siempre reconoció como su mentor, solía repetir que las circunstancias de su casa siempre lo devolvían al mar; él fue marinero por más de 50 años. Pasados los primeros veinte, había comprado una casa amplia y con un buen solar, para hacer un taller o una huerta, y vivir sencilla y dignamente. Pero no aprendieron a convivir con su esposa por mucho tiempo, al mes de los nuevos amores y encuentros, iniciaban a pelearse, y él volvía al mar, siempre lo volvían a recibir en la marinera.
Sí, comentaba algo risueño, algo melancólico; a los dos años de marino pase a ser jefe de máquinas, y los hombres a mi cargo, me obedecían; pero en mi hogar y más exactamente nunca logré que mi esposa fuera dócil a mis instrucciones; fuimos el uno para el otro como esposos, pero en los quehaceres del hogar ella, llevaba la voz andante; cuando le comenté a la terapeuta de parejas, me dijo que me hizo falta al principio de la relación haber sembrado buenas semillas.
Una de ellas es la paciencia de adaptación. Yo estallaba en enojos y salía de casa disgustado, regresaba tarde y al cabo de unos días, nos contentábamos, pero el tema o la discapacidad de relacionarnos no se arreglaba con el dialogo formal. Pasaron los años, llegaron los nietos y los hijos nos contrataron servicio de alimentación y ordenamiento de la casa; cuando me retire pensionado, siempre he regresado aquí a la playa, paso poco tiempo en el hogar.
Querido aprendiz, -dijo el abuelo- "Si vas a crear tu propia organización de negocios o un hogar, por favor asegúrate desde el principio que la paciencia a los procesos de adaptación, de convivencia, respeto y de logró, sea uno de los primeros indicadores de tu carácter de líder"
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