Casas muertas, de Miguel Otero Silva. Quizá la mejor novela venezolana. Escrita de manera impecable en descriptiva. Lectura de rigor en época escolar, tan remota y distinta que en la actualidad se difumina ante el recuerdo; hoy se lee como un augurio de tristes tiempos venideros. Espejo de un país que, cual uróboros, se muerde su propia cola. Casi se puede sentir el sol inclemente de ese llano guariqueño que quema la piel del que está detrás de ese allá de la novela, haciéndole sudar entre modestas líneas; casi se pueden oir, y hasta oler, los aguaceros de esa Ortíz de casas deterioradas, como presagio de una patria mal gastada y carente de mantenimiento... Ahí está la impronta de mi pobre país rico, lleno de charcos de tierra mojada y de velorios callados, lleno también “de helechos, plantados en latas que fueron de querosén o en cajones que fueron de velas...”, pero, sobretodo, lleno de esa protagonista que es Carmen Rosa, a quien no le tocó mejor destino que irse resignada con su luto y su morriña encima.