Quien no se haya dado cuenta que las telenovelas son estúpidas, cursis e inverosímiles (sobre todo las de los 80-90) no está en nada, aparte de la carga de prejuicios que han inculcado en nuestra sociedad subdesarrollada (dejando más subdesarrollo), son un elemento de distracción para los verdaderos problemas. No es casualidad que Ruben Blades canté: "Anoche escuché varias explosiones / tumpatatutupeté / tiros de escopeta y de revólver / carros acelerados, frenos gritos / eco de botas en la calle / toques de puertas, quejas, pordioses, platos rotos / estaban dando la telenovela, por eso nadie miró pa' fuera".
Por eso creé esta parodia de telenovela, que no hace reír a carcajadas, pero que te saca una sonrisa y te hace pensar "es verdad, que bolas".
No suelo escribir humor ni comedia, pero me retó a participar en el Comedy Open Mic, y bueno, aquí está este primer capítulo, que tendrá continuación solo si tiene éxito.
Se supone que debo retar a dos personas, a las que pondré en aprietos como me ocurrió a mi. Atentos y
.
Conoce las bases de este concurso aquí, y diviértete un poco.
Capítulo 1. Un encuentro supuestamente inesperado
María Bernarda Sánchez salió esa mañana de su ranchito, después de desayunar completo: tres arepas con huevos revueltos, carne mechada, caraotas negras refritas, tocineta, café con leche (hecho con Coffeemilk), bien dulce, dos ponquecitos. Todo lo acompañó con un jugo de toronja, para mantener su figura de perfecto 10, a pesar de no hacer nada más que pararse en un transitado semáforo a vender flores y comer todo lo que le pasa por el frente.
–Ya no como más mami, que después engordo –dijo antes de salir con la bendición de doña Pilar y comenzar a bajar los 367 escalones hasta la parada del autobús, saludando a sus vecinos con carisma de reina.
Su belleza es única y ajustada: cejas peinadas, ojos color miel, pestañas postizas, nariz perfilada gracias al bisturí y boca provocativamente inyectada. A pesar que está bajo el inclemente sol tropical de ocho a seis, su cutis es terso, lozano, limpio y brillante, como su piel deslumbrante, inmaculada. Los hombres en el semáforo le compraban las flores solo para verla más de cerca y ni cuenta se dan que son de plástico (las flores) pero sí que las tetas son de silicón. No es para menos: mide 1,79, buenos pechos, cintura de avispa y caderas poderosas. Aparenta y dice tener 22 años pero en realidad son 28.
Ya había pasado el mediodía cuando María Bernarda Sánchez reposaba el almuerzo, bajo la mata de mango a la que ya le tumbaron todos sus frutos los indigentes y colegiales. No quedó muy satisfecha con su comida: sopa de mondongo, ensalada de papas cocidas, arroz, yuca y chuleta de cerdo. “Es que faltó algo dulce”, le dijo al vendedor de cargadores que le brindó el refresco.
Una vida tan sencilla debía cambiar en cualquier momento. Y ese era el día: Fue atropellada.
El conductor de una Hummer, comprada en una subasta de propiedades de narcotraficantes incautadas por el Gobierno, entretenido jugando Candy Crush en su iPhone X, trató de comerse la luz roja y no vio a María Bernarda; cosa rara.
La verdad es que apenas la golpeó con el parachoques, pero ella se hizo la desmayada mientras escuchaba el “¿estás bien?, ¿estás bien?”, de una voz dulce y fuerte a la vez. Cuando abrió los ojos después de varias sacudidas lo vio. Andrés Antonio Zurisigoza la miraba con ternura. Sus ojos azules y sus cejas perfectamente sacadas la cautivaron, luego miró sus labios rojos y sus dientes blancos y perfectos y se volvió a hacer la muerta.
Esta vez regresó en sí más rápido y dijo que le dolía una pierna. Pero no era cierto. María Bernarda solo quería aprovechar y pasear en la Hummer amarilla. Andrés Antonio, con ademanes de Superman, la levantó en brazos, aunque casi flaquea, y la subió al asiento de copiloto.
–¿Cómo te llamas, princesa?
–María Bernarda –respondió sonriendo pícaramente.
–¡Qué casualidad! –se sorprendió él–. Mi papá se llama Bernardo. Yo soy Andrés Antonio, a tus órdenes.
Desde ese momento sus nombres quedaron grabados en sus corazones entrelazados y atravesados por una flecha, para nunca más dejar de amarse.
Fueron a una... dos... tres clínicas hasta que consiguieron una que tuviera un traumatólogo de guardia y sala de rayos X en funcionamiento, al menos eso fue lo que Andrés Antonio le dijo a María Bernarda, pero la verdad era que no le aceptaban usar el seguro, haciéndola pasar por su hermana, y no tenía nada de dinero.
–¡Aquí sí, María Bernarda! –regresó el galán de otoño con la noticia.
–Que bueno, Andrés Antonio –dijo ella– porque ya me está dando hambre.
El sol caía en la ciudad, mientras las flores de plástico que dejó María Bernarda en el pavimento se ensuciaban con una suave llovizna y las ruedas de los carros. Andrés Antonio, esperando llegar a tercera base, la llevó hasta su casa después de comerse una pizza familiar ella sola, con un vaso de Cocacola, de los que ya no crecen más. “Me hubiera gustado más ir a una pollera”, le dijo con una sonrisa a Andrés Antonio mientras devoraba la rueda italiana.
Al llegar al barrio, el patiquín se arrepintió. Sabía que era peligroso. Pero le subió volumen a la música y comenzó a tararear: “Des-pa-ci-to / quiero desnudar tu cuerpo despacito”. Ella movía los hombros y lo miraba con el rabo del ojo.
–No te preocupes –lo tranquilizó ella–. Mi hermano controla la zona. No aclaró si su hermano era policía o malandro, lo que perturbó más al joven enamorado.
–¿Te volveré a ver, María Bernarda? –preguntó Andrés Antonio como si le doliera el estómago.
–Siempre estoy en el mismo semáforo, Andrés Antonio -respondió María Bernarda haciéndose la tonta.
Él acercó su boca a la de ella, pensando que otra oportunidad no tendría. El aire acondicionado de la camioneta ponía la piel de gallina a María Bernarda y los pezones en alerta. Ella supo ocultar su alegría de que por fin el patiquín dio un paso más. Sonrió un poco y se dejó besar para sellar un encuentro que estaba escrito en las estrellas.
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