Si enorme fue la sorpresa para el mundo de la ciencia humana, el caso de la vivencia laboral que en una industria de Massachusetts tuvo –a principios del pasado siglo- el entonces joven ingeniero estadounidense Benjamín Lee Whorf, pues aún más enorme viene resultando, a la luz de nuestros días, que tal caso sea tan poco conocido, analizado y evaluado, ¡aun en ese medio estudioso de lo que representa el ser humano! Es que no solo es enorme esa subestimación a la cual es sometida la vivencia de Whorf (1897-1941), sino oscurantista, sospechosa…
Ocurre que el personaje que nos ocupa se graduó en 1918 de ingeniero químico en el prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts. Al año siguiente de obtener su título, ingresa a trabajar en una compañía encargada tanto de crear sistemas operativos de prevención de siniestros de fuego, como de equipamiento de instrumentos y recursos técnicos relacionados con el ramo (almacenaje de químicos, extintores de incendios, etc.). Estas actividades que la Hartford Fire Insurance Company asumía estaban compenetradas con la dinámica de los seguros de accidentes en las empresas industriales y en otro tipo de instituciones.
No figura en las etapas (juveniles) de formación profesional de Whorf, algún elemento que nos señale que formara parte de su vocación, alguna disciplina relacionada a las ciencias del lenguaje, la filosofía del conocimiento, la antropología, en fin.
En una oportunidad, le asignan al personaje en referencia, la tarea de esclarecer las extrañas razones por las cuales había un grado mayor de siniestralidad en aquellos depósitos industriales contentivos de bidones “vacíos” que en los que estaban repletos de igual número de bidones, pero llenos de sustancias inflamables. Es harto probable que la motivación de la empresa (y, por lo tanto, del empleado Whorf) de llevar a cabo este estudio, haya tenido que ver con el sinsentido que representaba tal situación. Claro… y con el añadido de que el costo de las pólizas contra incendio en los depósitos de envases “vacíos” era, ¡como parecía lógico!, muchísimo más bajo que el costo de las pólizas contra incendio en los depósitos de envases llenos en su totalidad, de sustancias inflamables.
Hay que apuntar aquí que, hasta el momento en el cual Whorf fue contratado para dilucidar tan paradójica situación, la respectiva compañía venía trazando una larga lista de firmas profesionales y de esfuerzos infructuosos en tal sentido.
Parece ser que lo primero que Whorf hizo con atípica actitud de firmeza, a diferencia de lo que ejecutaron todos los profesionales contratados con anterioridad para el raro asunto, fue colocar todos los huevos en la cesta de la revisión del texto de las pólizas. El personaje no se dedicó, pues, a realizar complejos procedimientos técnicos sobre el peligroso terreno de unos depósitos y otros; no. Lo que hizo fue -más que todo- analizar con un cuidado gigante, cada una de las letras impresas en una y otra póliza.
Cayó, así, en la cuenta que los bidones declarados por la compañía aseguradora como “vacíos” portaban unos gases residuales con un mudo poder de inflamabilidad mayor que los mismísimos líquidos que ocupaban los bidones declarados como portantes de éstos.
No nos cabe duda que en este justo momento, Whorf cayó en la cuenta que más que ingeniero químico, él era un lingüista… Sí. Un agudo lingüista.
Aparte de cobrar sus dignos honorarios a la compañía, este personaje dio un radical giro a su actividad profesional. Se dedicó por entero a la lingüística. Tomó distancia de la empresa, aunque ésta le ofreció apoyo a su actividad académica.
Buscó con acierto, apoyo en uno de los maestros que en tal disciplina había logrado mayor notoriedad en su país, Sapir (estadounidense, 1884-1939). Con su mente repleta de proyectos se fue a estudiar sobre el terreno, civilizaciones norteamericanas minoritarias, como las hopi y las navajo.
Signado, sin duda, por la experiencia de los tales “bidones vacíos”, Benjamín Lee Whorf formula la aguda hipótesis siguiente: vemos la realidad no tanto como ésta objetivamente es, sino como el lenguaje que usamos permite verla…
Al tocar fondo en el estudio de las lenguas propias de las referidas culturas (jamás tratadas rigurosamente con anterioridad), este químico trocado en semiólogo sostuvo con brillantez que habida cuenta que hay diferencias significativas entre los fundamentos constitutivos de buena cantidad de las lenguas que la humanidad usa, pues entonces hay diferencias importantes (y respectivas) de ver la realidad.
Para los hopi, por ejemplo, el asunto que nosotros (quienes usamos una lengua basada en el latín) llamamos “tiempo” no es exactamente igual. Es otro asunto; aun así les funciona bien…
Hoy en día, cuando se habla de “las teorías de la relatividad lingüística”, necesariamente se tiene que analizar y valorar la maravillosa obra de Benjamín Lee Whorf.
A estas “teorías de la relatividad lingüística”, muchos estudiosos hoy en día las ven como un exabrupto. Hay otros que las abrazan. Existimos quienes vemos el asunto parafraseando a Galileo… “Sin embargo se mueve”.
ALGUNAS APOYATURAS UTILIZADAS:
Texto importante sobre el trabajo Whor-Sapir:
http://rephip.unr.edu.ar/bitstream/handle/2133/1367/4..SAPIR.pdf
Imagen de Sapir, tomada de Wikipedia.
"Discurso y Método Dialéctico de la Ciencia Social" (de Alexander Moreno):
https://drive.google.com/open?id=0BwOuJOr3dPdPaS1IejlyMmhnMkE
Whorf y Sapir. "Lenguaje, Pensamiento y Realidad". Barral. Barcelona, 1970.