El Viejo
En una noche de insomnio
de angustias, de soledad y pesar,
el viejo en su casa grande
daba vueltas y más vueltas en su cama
sin llegar a descansar.
Para aprovechar el tiempo
se puso a pensar un rato
y así subió paso a paso
cada uno de los peldaños
que componen la inclinada
y larguísima escalera de sus años.
Cuando el penúltimo escalón pudo lograr,
todo sudado y cansado,
doblando sus débiles rodillas
en él se quedó sentado.
Desde esa altura alcanzada
y su pensamiento fijo,
tomando papel y lápiz
escribió cartas a sus hijos.
Si algún día leen esta carta
escrita con mucho amor y cariño
traten de recordar,
sus lindos años de niños.
Al hacer esta publicación,
mis sentimientos ya dejan de ser secretos
en ella solo les ruego
que algún día vengan a casa
para conocer los nietos.
Y me llenaré de orgullo
como se ponían mis abuelos,
al tenerme entre sus brazos
formando parte de ellos.
Esto jamás sucedió
el anciano solo y triste,
el último escalón de su escalera alcanzó.
Desde allí siguió escribiendo
sin rabias y sin rencores
a sus tres bellos amores.
Y de esta manera dijo
¡Hijos mis queridos hijos!
cuando me sume en el sueño profundo
no se pongan tristes
no me lloren
que con la labor cumplida
me voy tranquilo de este mundo.
El viejito se calló,
el lápiz de sus manos escapó,
doblando su cuello sobre la carta que escribió
felizmente se durmió.