Hola amigos, aquí mi participación en el concurso de fotocuentos organizado por , puedes ver más aquí
A lo lejos se divisa la media luna de sol, la misma vista de todos los días cuando regresa de la escuela, avanza arrastrando su morral de libros, sus pensamientos no contrastan con las frías paredes, que anticipan su gris bienvenida. La misma nariz roja y chorreante lo recibe: es Lucía, su madre mustia, de ojos gelatinosos, quien con un dedo en los labios le pide silencio: su padre está de mal humor.
Su padre siempre mantuvo un trato áspero con ellos, cuando Lucía lo conoció, no le impresionó que descuartizara sus fantasmas, mascullara sentencias con voces extrañas y desmembrara seres imaginarios. Ella, que había tenido un padre ruin, no vio nada de extraño en eso, aunque parecía sumisa, también tenía sus propios demonios y se negaba a espantarlos; ellos fueron su tarjeta de presentación y siempre dieron la cara por ella. Y así fue.
Se casaron y martirizaron mutuamente sin sosiego. De alguna tregua salieron dos varones; dos réplicas, que entendieron pronto que había una vida falsa: la de la calle, lejana y ajena, como salida de la pantalla del televisor y una verdadera: la propia, la de los gritos y amenazas, la de todos los días.
El acoso escolar magnificaba el tormento, pero los libros y sus imágenes abrieron compuertas de entendimiento que los llevaron a viajar por su laberinto interno y les dio el ingenio para regalarse una vida nueva.
Para los demás, todo fue siempre normal; una pareja común y corriente, tan cordiales cuando subían cada día por las angostas aceras, ignoraban que detrás del portón justo en el recodo, se transformarían en otros, tan hábiles para crear espacios de desasosiego perenne. La casa lóbrega y triste donde se cercenaban los sueños.
Un correo electrónico advierte la inminente venta del lugar, resurgen a la fuerza las memorias silentes. Ahora que regresa a su origen, ahora que revive su historia; la breve curva de luz intenta remozarle los recuerdos, “no pasa nada, yo volé, yo hice un buen nido”, se dice”, “sin rencores”, se repite.
Cómo pesa su mochila de horrores: las piernas le tiemblan, la voz se le transforma en un hilo infantil deformada por el terror; no hay dolor, solo extrañeza, al ver tan pequeño el lugar donde nacieron y se fortalecieron sus miedos, donde la nada besó su frente, acurrucado por el insomnio. Quizás ahora sí comience a ser verdaderamente libre.
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