En un vano intento de descubrir que es lo que me tiene viciada, he reunido toda mi seguridad y le he invitado un café. Ahora que solo una pequeña mesa de desayuno nos separa empiezo a cuestionarme si fue una buena decisión, mi pulso ya se encuentra fuera de control, mis pupilas no habían estado tan dilatadas y ni hablar de mi respiración que empieza a escasear.
El objetivo de mi invitación (aún desconocido para mí invitado), no es otro sino el descubrir que es lo que causa en mi este cúmulo de sensaciones extrañas. ¿Es el delicioso sabor del café o esos enormes ojos que me miran fijamente?, ¿es el aroma que desprende la cafetera o la fragancia suave de mi acompañante?
Un sorbo de café fue suficiente para convencer al papa, necesité 18 tazas antes de invitarle y dos más para descubrir que es el café lo que me produce esta inestabilidad, si, el café de sus ojos...