En el largo camino de la formación del conocimiento científico se ha buscado siempre, con bastante dedicación, alguna referencia que logre poner de acuerdo a la comunidad de investigadores. ¿Qué sería aquello en lo que todos pudieran confiar? ¿Cuál criterio sería el necesario para poder confiar en los conocimientos generados?
La respuesta a esas interrogantes vino del campo de la matemática. Fue la comprobación matemática el punto de confluencia para que los diferentes participantes de la comunidad científica avalaran los resultados de las diferentes investigaciones. El número se convirtió en el referente fundamental, sin comprobación estadística o matemática, nadie cree que tenga seriedad algún estudio realizado.
Tal manera de pensar es una recuperación de la cosmovisión galileana del mundo, Recordemos, que fue el italiano Galileo Galilei, entre el siglo XVI y XVII, quién se atrevió a darle a la matemática el sitial de conocimiento supremo, indubitable, final. Son muy conocidas dos máximas suyas: “medir lo que se pueda medir” y “hacer mensurable lo que no lo es”.
Esa forma de razonar, inaugurada por Galileo, se ha hecho sentir en todas las áreas del saber moderno. La comprobación matemática es la norma de validación más utilizada en los diferentes campos del conocimientos.. Pudiésemos decir, sin pecar de exagerados, que si se les retira el soporte matemático a las llamadas ciencias puras, o como se les dice más recientemente, duras, se quedarían sin poder producir ningún resultado aceptable.
Pero es en el estudio de la física donde el impacto de la matematización del conocimiento se ha sentido con más fuerza. Los estudiosos, decidieron despojar a la física de cualquier resquicio de humanidad, se expulsó al ser humano como fuente para la búsqueda de conocimiento. En la física moderna, la realidad no tiene cualidades: no es hermosa ni fea, no tiene sonoridades que alienten a imaginar, no tiene colores que inspiren la creación, no incluye el movimiento como una sensación que nos recuerde los cambios de energía. Toda la realidad física, estudiada por los científicos, ha sido vaciada de vivencias y valores humanos.
En el pensamiento científico ya no hay espacio para pensar el mundo físico como una realidad viva generadora de vida, de impresiones sensoriales de todo tipo. Ahora, ese mundo físico ha sido ocupado por formulaciones matemáticas, solo se trabaja con fórmulas algebraicas y funciones matemáticas.
El objetivo de este conocimiento matematizado no es conocer la verdad o la esencia que pudiera estar contenida en la última partícula del cosmos. No se trata de emprender una tarea como la iniciada por Platón hace 2500 años, para encontrar el ser que yacía en el fondo de la entraña humana y, que él creía, estaba en el mundo de las ideas, su Hiperuranio. Ese pensamiento platónico tenía una característica propia, no pretendía controlar, sino iluminar.
La física actual no pretende revelar verdades últimas. Su objetivo es otro: El poder.
El conocimiento teñido por las valorizaciones humanas tenía dificultades para emprender su camino hacia el control. Fue necesario expulsar el tema de los valores para avanzar en la producción de un conocimiento que permitiera el control, de la naturaleza y de los grupos humanos. El lugar de la contemplación y el goce fue ocupado por el pensamiento utilitario.
Las grandes verdades de la ciencia se mantienen mientras permitan controlar las fuerzas de la naturaleza. Lo que se espera de la ciencia son eficientes recetas para dominar la naturaleza; y manipular a los hombres social y económicamente. Muy pocos tienen esperanzas de que haya posibilidades de salvación con el uso de la razón técnica.
Lo bueno, es que desde las mismas entrañas de la ciencia hay pensadores que prenden las alarmas. Dejo como reflexión final, este pensamiento de Heisemberg :” la ciencia se aleja tanto más de la naturaleza viva, cuanto mayor sea su exactitud matemática”.
Nos leemos.