Los fumadores tienen una tendencia a quedarse contemplando como el humo, en su camino ascendente, se va disolviendo poco a poco, hasta quedar convertido en vacío. Es un proceso que se repite sin cesar, independiente del tipo de cigarrillos, del tipo de fumador o del lugar de la tierra donde esté ocurriendo.
Lo interesante de ese proceso es que nunca más será posible que el humo siga el camino contrario, no existe fuerza en el mundo que haga posible retornar a los millones de partículas de humo, desde ese pululante camino de desorden a la forma original de la bocanada producida en la boca del fumador. Estamos en presencia de un evento irreversible.
A esa tendencia de las cosas a dispersarse y desordenarse, los científicos le han dado un nombre: entropía. Según esa idea, el universo estaría inexorablemente obligado a marchar por un camino de disolución. El sol en algún momento tendría que fallarnos, rompería su delicado equilibrio, se desbordaría su energía, y un calor abrazador liquidaría cualquier rasgo de vida en la tierra.
Pero este planteamiento no solo es aplicable al mundo físico, el ser humano también tiene un comportamiento eminentemente entrópico.
Desde la aparición del hombre sobre la tierra, sus sistemas productivos se han caracterizado por un consumo creciente de productos energéticos de diferentes tipos; desde el carbón hasta la energía nuclear. En ese proceso se produce una alteración sistemática de todo el entorno y de los diferentes ecosistemas que utiliza para procurarse energía.
Tenemos entonces una gran consecuencia de la aplicación de las tesis entrópicas en la interpretación de la realidad: la finitud de la existencia y del tiempo.
Esta cosmovisión del destino finito, también la tenemos en otro tipo de pensamiento distinto al de la física de la termodinámica. En los textos sagrados, se hace alusión reiterada a lo perecedero de nuestro mundo. Vemos como coinciden dos visiones provenientes de diferentes fuentes: de la ciencia y de la metafísica. ¿Casualidad?
Todo este asunto de la entropía tiene profundas implicaciones filosóficas. Si admitimos que su validez se extiende a la totalidad del universo, llegaría a ser una indicación directa y objetiva de la temporalidad del mismo, estaríamos en presencia de la respuesta a una de las preguntas que más ha inquietado a los pensadores de todos las épocas: el problema de la finitud del tiempo y el universo.
Además, el cumplimiento de la entropía para la totalidad del universo, también nos permitiría tener alguna idea sobre la edad del mismo, ya que sería posible relacionar el tiempo universal con el grado de disipación entrópico. No sería entonces un enigma la vieja pregunta sobre la llegada del juicio final y el fin de los tiempos. El universo ya dejaría de considerarse eterno, se transformaría en temporal; tendría un antes y un después.
Hasta ahora, todo esto es un asunto metafísico, una discusión teórica.
La verdad, es que nadie puede saber si el universo es un sistema cerrado o abierto, si se cumple o no, la ley de la entropía.
Los que creen en un universo eterno, tienen razón en rechazar la hipótesis, porque no es otra cosa, solo una hipótesis, de una entropía cósmica absoluta y omnímoda. Como suele suceder con el pensamiento científico, hay que ser cauteloso con las extrapolaciones. El conocimiento aproximado del funcionamiento de un sistema, no lo hace extensible a todos los sistemas.
Pueda ser que algún día se pueda dirimir esta diferencia entre distintos puntos de vista. Entre tanto, se seguirán desvaneciendo miles de millones de bocanadas de humo, y miles de millones de estrellas se desvanecerán en incontables galaxias.
Los interesados en profundizar en este tema, pueden consultar la obra de Ramón Fernández Durán: "La explosión del desorden". Allí, estudia el impacto entrópico del ser humano en el tiempo actual.
Nos leemos.