A lo largo de la historia, la humanidad fue conociendo cambios que le abrían nuevas posibilidades de realización. Es probable que algunos sujetos vieran estas nuevas creaciones como indicadores del fin de alguna época dorada. No es difícil imaginar la resistencia de algunos grupos, sobre todo, de los más conservadores en aceptar de buena fe el cambio producido por algún descubrimiento. Los prejuicios han sido compañeros de vieja data en la historia humana.
Una constante en esos tiempos anteriores al nuestro, fue la relación entre el desarrollo tecnológico y el progreso humano. No descarto, que ocasionalmente se hubiese producido un pequeño descalabro al desforestar alguna zona sensible, o al introducir algún componente de flora y fauna que fuese nocivo para un ecosistema. Pero por mucho daño que se pudiera producir, la escala humana era tan pequeña, que no tenía como impactar suficientemente a la gigantesca naturaleza.
Eran tiempos donde podía pensarse en una esperanza de progreso sostenido.
En nuestro tiempo las cosas cambiaron. Todavía, hasta la primera mitad del siglo XX se vivía con la ilusión de poder resolver todos nuestros problemas mediante el uso de dos grandes creaciones humanas: la tecnología y las organizaciones político-sociales.
Hasta esos años, había fe en que la ciencia aportaría el conocimiento necesario y, que el sistema liberal o el comunista, resolverían los problemas derivados de unas sociedades que se volvían cada vez más complejas.
Pero después de la segunda mitad del anterior siglo, se dio un cambio en la situación. La certeza de un tiempo de esperanza cedió su lugar a una duda corrosiva. La duda se volvió viral. Por todos lados surgieron voces de alerta. En la ciencia, en la economía, en la política, comenzaron a verse agujeros que amenazaban cualquier posibilidad de confianza.
El final del socialismo soviético hizo pensar que probablemente había desaparecido para siempre la amenaza de un enfrentamiento nuclear, que el mundo podría sumar esfuerzos por trabajar en un mismo sentido, para lograr una situación de mayor paz y armonía.
Pero las cosas no mejoraron. En lo que va de siglo XXI la democracia liberal, sigue dando tumbos, no termina de convencer a las grandes mayorías de su efectividad como modelo político. Las pocas experiencias comunistas que todavía se mantienen no tienen nada que ofrecer, sino condiciones de vida semejantes a la esclavitud.
En lo económico los problemas siguen creciendo. La distribución de los bienes siguen sobre modelos en los que aumenta la brecha de la desigualdad. Sumamos a este panorama, los asuntos derivados de la contaminación y la hiperconcentración humana.
Como vemos, tiene fundamento esa duda viral sobre las posibilidades de un futuro mejor. Sin embargo, tenemos que apostar por la capacidad humana. Confío mucho en ese gran descubrimiento de la física cuántica que es el principio de Incertidumbre.
Según esa teoría, ningún sistema tiene un comportamiento lineal. No tiene que ser el futuro humano la continuidad del deterioro que hemos conocido hasta ahora. Probabilísticamente tenemos la posibilidad de dar un giro a lo que hemos conocido. Claro, no todo será obra del azar, se requiere una buena dosis de determinación para lograr reencontrar un nuevo rumbo.
Nos leemos.