Puede parecer extraño pero, hay una gran relación entre física y filosofía. La especulación filosófica ha estado presente en el desarrollo de las grandes teorías de la física actual.
El gran cambio en la concepción de la física lo encontramos en la era einsteniana. Para Einstein, ya no fue necesario el dato fáctico para la construcción del conocimiento. Nada que ver con aquella manzana que despertó en Newton la sospecha de lo que luego sería la ley de gravitación universal. La nueva física del siglo XX, se inició en un conjunto de teorías hipotéticas con un fuerte sostén matemático; la experimentación y validación vino después de trabajar con solo números.
Esta física teorética es en el fondo filosofía. Una filosofía viva, que busca establecer su verdad en la verificación y en la falsación (Karl Popper), no solo en la demostración.
Los componentes filosóficos de la nueva física son fundamentalmente de orden ontológico y epistemológico. Ontológico, porque busca una descripción exacta de la realidad cósmica (antigua filosofía Griega) a partir del estudio fenoménico de la realidad. Y, epistemológico (teoría del conocimiento científico), por cuanto se ve en la necesidad de aclarar la relación entre el sujeto investigador y la objetiva realidad que aquel intenta captar y encerrar en el lenguaje de las ecuaciones matemáticas y en el lenguaje común.
La teoría de la relatividad generalizada de Einstein es fundamentalmente ontología: una especulación radicalmente nueva sobre el tiempo y el espacio y su relación con la materia. Otra forma de entender el origen de la realidad.
En la mecánica cuántica, sobre todo en el principio de incertidumbre de Heisenberg, encontramos el componente epistemológico, porque introduce la probabilidad en el ámbito atómico y la estadística en el macromundo físico. Otra vuelta de tuerca a la forma de entender el conocimiento como realidad objetiva. A partir de Heisemberg, se hace polvo el piso que sostenía la idea de una relación objeto-sujeto, más o menos estable. Se crean las condiciones para avanzar más allá del objetivismo positivista.
A medida que la experimentación afiance la validez de estos nuevos supuestos ontológicos y epistemológicos, se abre la posibilidad de aportar normas más firmes, menos atadas a las creencias, para la toma de decisiones en el campo político y social.
Si bien la epistemología y la ontología de la física no resuelven problemas personales, ayudan muchísimo a entender asuntos relacionados con nuestra existencia. Enseñan, por ejemplo, que creer religiosamente no puede significar conocer científicamente. El pensamiento religioso consiste en convertir un conjunto de ideas, sentimientos y posibilidades deseables en regla de vivir y arte de morir. La religiosidad de una mente iluminada por la ciencia es más humana, sensata y firme que la del ignorante.
En el siglo XIX, la ciencia, por su carácter extremadamente materialista, se cerraba completamente al fenómeno religioso.
En el siglo XX, la ciencia dio un gran paso para poder abrirse al pensamiento religioso. Los conceptos de materia, energía y evolución sacudieron el edificio del materialismo decimonónico. Los criterios de verdad, basados en la probabilidad, la provisionalidad y la creencia razonable, facilitan una epistemología abierta al sabio saber y sabor de las religiones tradicionales.
Pueda ser, que en un futuro próximo, esta epistemología más universal logre una concordancia ecuménica aceptable de las divergencias religiosas, éticas y políticas existentes entre oriente y occidente. Una armonía mínima necesaria para convivir en un planeta al que la ciencia y la técnica convirtieron en “aldea global”.
Nos leemos.
Fuente de las imágenes. I II y III