Hay un comentario atribuido al célebre medico y filósofo Empédocles, según el cual era preferible descubrir alguna etiología que gobernar el trono de Persia.
En Esta declaración, de un hombre que vivió cuatrocientos años antes de nuestra era cristiana, está contenida una manera de entender la actividad del pensador.
El autor de estas palabras es un intelectual, un buscador infatigable de razones que expliquen no solo el ser de las cosas, sino lo que acaece en cada momento.
Empédocles deja entrever que su pensamiento no está interesado por la experiencia vital del día a día. Prefiere entregarse a sus investigaciones médicas en vez de confrontar la cotidianidad de dirigir un gobierno. La búsqueda de la etiología lo aleja del mundo de los hombres.
Empédocles es heredero de la intelectualidad de Sócrates. Es la concreción de un pensamiento que ha logrado superar los misterios del mito, de lo religioso.
No es el proceso del pensar lo que va a caracterizar al intelectual. Tomemos por ejemplo a Heráclito, es un pensador genial, trató de encontrar el origen de las cosas en el fuego. Antes de él a nadie se le había ocurrido tal cosa. ¿Y por qué no lo consideramos un intelectual al estilo de Empédocles? Porque su pensamiento no se separa de la experiencia cósmica y vital. La física de Heráclito de Efeso, está anclada al misterio que explica la vida, sus raíces se hunden en el “fuego siempre vivo”.
No importa que también Heráclito niegue a los dioses y los mitos; que se niegue a admitir la existencia de seres invisibles que habitan bosques sagrados y beben de fuentes milagrosas. Lo que lo ubica en una posición distinta al intelectual es que no puede separar su pensamiento de una idea anclada a la experiencia de la vida: el fuego.
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En cambio, Sócrates es un pensador que ha limpiado los rasgos religiosos en su modo de pensar. Su intelectualidad no sólo es incompatible con dioses místicos, políticos o naturales. Aquí coincide con Heráclito, pero se diferencia en que no puede encontrar ninguna explicación sobre el origen de las cosas que esté apegada a algún componente natural como el fuego. Su mundo es el mundo de las ideas puras. He aquí el nacimiento del intelectual.
En nuestro tiempo, el pensamiento intelectual ha seguido ese rumbo de autonomía con relación a la realidad. La tendencia de los pensadores es a enfocarse en los límites de sus esquemas mentales, los que algunos llaman el paradigma.
Esto por supuesto que comporta algunos problemas, el pensamiento intelectual se ha vuelto corrosivo, ha despojado la vida de su carnosa pulpa, que no es otra cosa que la vivencia.
La realidad del laboratorio, en el caso de las ciencias naturales, o de las formulaciones teóricas o hipotéticas, en el caso de las ciencias sociales, pierde sustancia cuando dejan de lado a los seres humanos de carne y hueso.
Se olvidan los intelectuales que ellos mismos son esos seres humanos, cargados de sentimientos, de creencias, de incertidumbres.
Importa sobremanera que los intelectuales sean promotores del ser humano, que puedan volver la mirada a una concepción humanizantemente ética, que no dejen de percibir la presencia del absurdo, y, sobre todo, que tengan plena conciencia de la existencia de la ignorancia y la estupidez humana.
Nos leemos.
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