Siempre que los venezolanos pensamos en el golfo de Paria –llamado también golfo Triste– lo hacemos, en forma natural, desde una perspectiva exclusivamente venezolana. Para nosotros, el golfo de Paria son las costas de Güiria y Macuro, las calles rectas de Irapa, las haciendas de cacao y coco, el sabor caribeño –africano, hindú, patois, aborigen– de su comida. Pocas veces recordamos que las aguas del golfo son como las de un mar interior, con una orilla en tierra firme, los estados venezolanos Sucre y Delta Amacuro, y la otra en una isla que es también un país: Trinidad.
Al menos, yo nunca lo había pensado así hasta que hace algunos años cayó en mis manos el libro Un camino en el mundo, de V.S. Naipaul.
Portada de la edición en español de Un camino en el mundo
Hubo un tiempo en que pensé que debía intentar hacer una obra de teatro o una película (una película habría sido mejor) sobre el golfo. La veía como una obra en tres partes: Colón en 1498, Raleigh en 1618 y Francisco Miranda, el revolucionario venezolano, en 1806: tres hombres obsesionados, ya bien superado su mejor momento, cada uno con su visión del Nuevo Mundo, cada uno en lo que debía haber sido un momento de plenitud pero en realidad cerca del final de las cosas, en el golfo Triste. Historias separadas, distintas personas, vestimentas de estilos diferentes, pero episodios que se habrían desarrollado uno a partir de otro, como una serie.En realidad, Naipaul no se ocupa mucho de Cristónal Colón, tal vez porque su itinerario vital es bien conocido. Sí recuerda, sin embargo, que fue el Almirante quien descubrió el golfo para el mundo y quien nombró sus dos extremos como Boca de Serpiente y Boca de Dragón. En cambio, a sir Walter Releigh le dedica un extenso capítulo: “Un paquete de papeles, un rollo de tabaco, una tortuga”. Sin duda, Raleigh es una de las figuras más interesantes de finales del siglo XVI y comienzos del XVII.
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