Llovía fuerte hacía ya varios días. Habían cortado algunas carreteras y la asistencia al colegio fue suspendida hasta nuevo aviso. Darío permanecía sentado junto a la ventana del salón de casa. Trataba de contar las gotas. No era nada fácil, ya había perdido la cuenta infinidad de veces.
- Doscientas treinta y uno, doscientas treinta y dos, doscientas treinta... -oyó la puerta de casa cerrarse, alguien había llegado- ... doscientas treinta...
Tendría que volver a empezar.
- Ven un momento cariño. -la voz de su madre se camuflaba entre el monótono y relajante sonido del golpear acuoso.
Desde que tenía memoria habían estado de aquí para allá. Ella y él, nadie más. Había escuchado historias en clase, se burlaban de él hablando de su madre; pero Darío nunca hacía caso. No importaba lo que dijeran: su madre era su madre, la quería infinito y siempre cuidaba de él. Ya llevaban un tiempo en esta nueva casa, incluso era posible que este curso lo acabara en el mismo centro donde lo comenzó. Cuando llegó a la cocina vio a un señor muy alto acompañando a su mamá. Permanecía de pie, junto a la puerta del lavadero, mirándolo. Aquel hombre le provocó una sensación muy extraña, como si un punzón retráctil hubiera sido alojado en su pecho y alguien intentara sacarlo tirando de él. El hombre permanecía ahí, sin decir ni una palabra.
- Cariño, mamá tiene que salir un rato con este señor. No volveré muy tarde, ¿de acuerdo? Ha venido a buscarme desde muy lejos y sólo... haremos unos recados y volveré. -el niño, sin pronunciar palabra alguna, devolvió a aquel tipo la mirada- Cariño, mírame. ¿Me oyes? No tardaré mucho. Pórtate bien. No te preocupes por nada. Tienes algo de tortilla en el microondas. Cómela.
Besó su frente, cogió las llaves, el bolso y se fueron. Quizá estaría solo varios días, aunque con algo de suerte su madre volvería al día siguiente. En el colegio, los otros niños decían muchas cosas feas sobre ella, pero Darío nunca hacía caso. En cualquier caso, tampoco le gustaban los señores con los que salía mamá. Ni siquiera eran simpáticos, no aprendía sus nombres, ni recordaba sus caras...
Se habían ido. Quizá ahora nada ni nadie volverían a interrumpirlo. Volvió a la ventana, le gustaba contar las gotas de la lluvia. No era una tarea fácil. Una, dos, tres, cuatro...
Fin.
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