De esos tiempos universitarios solo conservé mi segunda virginidad hasta hace algunos días que estuve con Benedicto. Un abogado cinco años menor que yo con quien coincidí para defender un caso. Sería muy fácil decir que decidí compartirle mi segunda virginidad porque se preocupa más por los otros que por sí mismo, porque construye impecables oraciones subordinadas cuando habla y es el primer hombre negro, con el que comparto raza, que no me trata de “mi negra”, si algo aprendí de la promiscuidad fue justicia. No porque me sugestione mi profesión, pero cada uno ofreció con convicción, de eso me aseguré, lo que tuvo o lo que quiso dar. Comparar los hombres con quienes cogí solo tendría sentido si quiero hacerle un altar al moralismo con flores de culpa. En la medida en que los años me transforman, mi himen se reconstruye como si comprendiera que aunque son propias y voluntarias, las decisiones no son siempre las mismas. Una reconstrucción que solo es posible cuando existe una conexión entre los genitales y la cabeza, que confirmo cuando observo en Benedicto las razones por las que decido compartir mi desnudez con él y no con otro.
Sentados en el borde de la piscina con los pies dentro del agua, Benedicto y yo, sin ropa, sobrios, nos reímos de las letras de Jay-Z, decido lanzarlo al agua antes de que me responda si quiere nadar, emerge riéndose y me alegra que mis decisiones le gusten. Me lanzo y finjo que me ahogo rebotando mis pezones púrpura con el agua para celebrar que quizá falta mucho tiempo para decidirme por una tercera virginidad.