Tres horas rascando mi cuello desesperado aunando en la locura, dos días de rabietas incontrolables que marcaban mi acérrimo y visceral amanecer. Tres meses comiendo basura y las últimas sobras de un mundo marchito que había dejado de latir, un año y medio esperando encontrar el valor para acabar con el cruel carrusel al que llamaba vida.
No sabré el porqué, cuando, o si así debía pasar, pero cuando toda la humanidad desapareció aquel fue el día más feliz de mi vida, tuvo que pasar un mes para darme cuenta de que apenas la locura estaba iniciando. El terreno baldío y pobre, cada hombre, cada mujer, cada animal en un abrir y cerrar de ojos desaparecieron y allí quedé yo pudriéndome en la inmundicia de un mundo que podía escuchar marchitar. Juraría que hasta la misma tierra me abandono, era como si el núcleo de este mundo me hubiera dado la despedida también, ya no se escuchaba ni el viento.
Todo era silencio, paz, una paz que se sentía como mil cuchillas en la piel, me hacía enfurecer como no tienes una idea. El día no era caliente, la noche no era fría, todo era lo mismo y había empezado a olvidarme del sueño, porque si hay algo peor que la soledad absoluta es estar solo e igual sentirme constantemente observado.