A los diecisiete años conocí a un hombre. Y digo hombre, porque antes había conocido, sin más ni menos, a niños, o chicos… como sea de tu preferencia llamarles. La diferencia entre él y ellos, era su manera de relacionarse con la vida.
Cercanos a mi círculo social se encontraban chicos que gustaban de salir los viernes por la noche. Para ellos, el día llegaba a su cúspide cuando la gente caía en la cuenta que de un lado traían a una chica, y del otro, una botella o un cigarro. En el ambiente común, estos chicos no expresaban interés alguno, al menos para mí, en su futuro. Por las más que lo intenté, no conseguí identificar principios claros en ellos, ni ideales o metas. No puedo decir que los haya tomado por condenados, mas no era algo que me convenciera. Aunque quizás mis ojos nunca fueron lo suficiente buenos para alcanzar a ver lo que estaba buscando en una persona. Pero para empezar, ¿qué estaba buscando?
El hombre del que estoy hablando sabe que no me había atrevido antes a pensar siquiera lo que quería por miedo de que fuese demasiado. Digamos que corría un riesgo más alto de ir saltando de relación en relación por no sentirme en paz en ninguna.
Fernández de Lizardi (1967) supo dar a su descendencia el consejo que me hubiera gustado recibir:
“Hay muchos hombres buenos, hija mía, sembrados sobre la faz de la tierra; pero es difícil conocerlos, y aunque hay muchos, la infinidad de perversos e hipócritas con quienes se hallan confundidos o engastados, los hace parecer muy pocos y muy raros en el mundo.” (p.247)
Ahora bien, uno esperaría, a pesar de la inmensidad de la tierra de la que habla Lizardi, encontrarse a dicho hombre al final de la calle. Qué sorpresa la mía cuando descubrí que habría unas cuantas calles entre nosotros.
He escuchado a mucha gente decir que las relaciones a distancia no son cosa suya. Yo me atreví a incluirme en este grupo. Sucede que, ésta es una cuestión que no se decide del todo. Determinar si una relación a distancia funciona o no para alguien, es un juicio adelantado si no se tiene siquiera conocimiento de la posible futura pareja.
Hasta la fecha, luego de cuatro meses de relación, creo que la distancia no es lo mío. Pero ese hombre… él sí es lo mío.
Ésa es la razón por la que estoy aquí. La distancia es una espina gruesa si se trata de querer descubrir qué tan carnosos son sus labios, pero resulta nimia cuando hablo de la certeza que tengo junto a él.
Es verdad que no puedo negar mis deseos de estirar la mano y sentirlo en la punta de mis dedos. Qué más quisiera yo que aprenderme el ancho de su espalda, o la construcción de sus manos. Ya he instalado por iniciativa propia, un buzón de quejas y sugerencias para guardar todos los besos que le debo.
Aunque suena bastante lógico, él está existiendo al mismo tiempo que yo, si no es que está leyendo mis palabras. Y yo existo por mi parte, lejos. Ya tengo un par de días pensando que puedo compararlo con la existencia de las ballenas. Ellas van nadando en alguna parte del océano; grandes, extraordinarias, y a mí no se me ha beneficiado con verlas. Estoy impaciente por encontrarme con ellas; no puedo retener mi impulso de mirar el calendario y preguntarme cuándo. A qué hora, en qué circunstancias.
A los diecisiete años conocí a un hombre. Y digo hombre, porque nada más para él quiero ser mujer.
Felices cinco meses, Corazón ♥