que ha entregado sus mejores años,
que ha saboreado el dolor y el fracaso,
que ha vendido hasta su alma al diablo
y apenas si le alcanzan las migajas
que le lanzan las políticas de estado.
Me paraliza la anarquía del miserable
que lleva sus porquerías a las calles,
que no profesa el orden sino el caos,
que vive de apariencias sin sutileza
y apenas si le alcanza la razón
para entender que es una mierda.
Me paraliza la intolerancia del hombre
que cree que a golpes es como mejor se ama,
que con gritos las palabras llegan al alma,
que la indiferencia alimenta corazones
y se espanta cuando el filo del cuchillo
acaricia su ego hasta exponer su farsa.
Me paraliza la hipocresía de aquellos
que desprecian la belleza de la vida,
que aborrecen los valores esenciales,
que traicionan la mano del prójimo
y prefieren andar en las oscuras tinieblas
a marchar en las sendas de la luz eterna.
Me paraliza el veneno de la mentira
que no conoce límites para destruir,
que se alimenta de engañosos credos,
que no tiene verdad ni asidero
y aún con la verdad habrá que dudar
hasta demostrarlo todo con hechos.
Me paraliza el látigo en la mano
de quien disfruta el dolor ajeno,
de quien tortura y se hace el pendejo,
como si fuera un espectáculo de circo
y, ¿qué, si se invierte el castigo;
acaso el excremento no merece lo mismo?