mis turbulentos amaneceres
con la sutileza de tus ocasos;
ni la palidez de mis deseos
con el rubor de tus pasiones
las frágiles hojas de mi corazón
con la suave brisa de tu singular forma de amar;
ni la pasiva voz de mi espíritu
que sólo reacciona a las espontáneas
frases de tu alma
los días que vivimos, aquí y allá,
con las tildes de los recuerdos más alegres,
menos los que son tristes;
ni las noches en las que tus estrellas
suelen trazar mi universo a detalle
la flecha que atraviese el blanco de mi vida
para hacerme saber que respiro;
ni la tormenta que sacuda mi conciencia
porque así siempre sabré diferenciar el bien del mal
las líneas que circundan el sacrificio de tus manos,
esas menospreciadas por la indiferencia de algunos
pero no por la admiración de otros tantos;
ni tu euforia en mis labios, pues,
los tuyos me impregnan de tu esencia
como el Sol tras la Luna que parecen inalcanzables
pero que fueron hechos el uno para el otro;
ni como las olas del mar que besan la playa incesantemente,
una y otra vez, con un para siempre que se repite siempre