Mi gente por acá les dejo el segundo capítulo de esta novela que cuenta una historia familiar margariteña...
II
El sobrino de Juan de Dios me espera, está parado justo en la salida del aeropuerto. Pareciera, por la cara de emoción que le veo al momento de saludarme, que espera a un viejo tío que no conoce. Cuantas historias habrá contado Juan de Dios sobre mí, que a aquel muchacho se le alumbran los ojos al estirarme la mano. Su voz revela la inocencia de quien no ha conocido los vértigos brillosos de la vida. Se llama Ibrahim, todo un Marcano de La Asunción. Durante el recorrido del aeropuerto a La Asunción me habla de todo: de sus dos hijos pequeños, de sus padres, de sus tíos, su mujer, lo difícil que se ha puesto el turismo en la isla. Todo esto me lo dice como conteniendo las ganas de preguntarme por mis viajes, mis pacientes famosos, mi vida con todo y calambres. Por más que le insisto no logro que me llame Chelín, apenas logro un incomprensible y risueño señor Chelín. Se le ve por encima que es un Marcano a carta cabal. Sonrío para mí, solamente de imaginar a Juan de Dios o a Juan Bautista, llamando a alguno de sus tíos: Chuíto, Francisco o Eleazar. En todo caso Ibrahim es un muchacho bueno, que importa que me tuteé o me de tratamiento de Monseñor.
Ya casi llegamos a La Asunción, apenas me empiezo a dar cuenta de cuanto ha cambiado Margarita en estos diez años. Sin embargo La Asunción es el último reducto apache, negado a morder el polvo de la derrota. En primera instancia la llegada no mueve nada en mí, pero al vislumbrar la vieja plaza Bolívar, con sus matas de toda la vida, el rumor de los chirulí a las 4 de la tarde se abre paso entre el atardecer del pueblo.
Finalmente llegamos a la posada, Ibrahim me aconseja que duerma en la 9. Me dice que la ha acondicionado especialmente para mí. Es la única habitación de lo que él llama: “posada los Marcano” que tiene colchón ortopédico y no semi-ortopédico. Yo le digo que no se preocupe. Quien necesita un colchón ortopédico es mi conciencia.