Hago mi entrada para el concurso semanal de Nano Literatura, propuesto por
Una mujer gárrula
Estoy aquí, permanezco inmutable ante su presencia en este juego psicológico, que nos empeñamos en representar cada cierto tiempo. No me habla, no le hablo. Su rostro de piedra cada vez me intimida menos, parece la caricatura de una estatua; cada día más esquelético, porque cuando se molesta tampoco come y eso es rutina. Me da risa el esfuerzo que hace para quedarse mudo por tantas horas: él que es tan hablador, tan contador de mentiras, tan fabulador. Recuerdo la vez que duró casi dos horas contándome acerca del viaje que había hecho a Francia; me habló de lugares, comidas exquisitas, bebidas exóticas, el trato de los franceses, la mujer que lo acosó y se lo llevó por tres noches a su residencia. Yo lo escuchaba entre atenta y distraída, porque a veces se enfrascaba en descripciones, que me parecían largas y tediosas y como he hecho siempre que algo me cansa, bajo mi Santamaría y ya no pongo cuidado. Falso, totalmente falso, su mamá me dijo que nunca había salido del país, porque le tiene pánico a los aviones. Aún no le he hablado de esa confidencia, que me hizo su mamá y me la confirmó luego su compadre Lucho, primero, para no dejar mal a la señora, segundo, esa carta se la tengo bien guardada para el momento que toque, todo tiene su hora, así dicen. Pero esta vez de verdad que se pasó, cómo se le ocurre llamarme gárrula, tuve que buscarla porque no sabía qué significaba ¿Qué me habrá querido decir realmente? Porque él me ha conocido bien, ya son treinta años juntos. Me lo dijo y salió corriendo, pensó que yo reaccionaría como cuando me dijo pendenciera, no había terminado de pronunciarla, cuando ya le había lanzado la tapa de la olla, menos mal no le pegó, pero aun así, hizo todo un circo, qué vergüenza con los vecinos. El es aficionado a buscar en el diccionario para después lanzar las palabras como dardos. La otra noche nos reímos mucho de la vez que dijo que yo era una tiquismiquis en la cama. Yo no le entendí nada y hasta dejé de tenderla por unos días a ver sí era eso, porque a mí sí me gusta que la sábana esté estirada sin una arruga y si él se acuesta, cuando se levante tiene que dejarla como estaba, pero al parecer no es eso; ya lo hemos hablado, pero nos faltan muchas conversaciones porque no entiendo bien a qué se refiere. Pero ¿cómo le vamos a hacer con esta manía de silencio que ha tomado? Le he dicho: “hacer mutis es violencia” y solo me ha mirado con los ojos que parecen clavos a punto de salir disparados. No soporto el silencio, a mí me gusta hablar, que me escuche mis sueños, mis pesadillas, mis recuerdos, mis anhelos, el día a día, pero cuando se pone con esta actitud, provoca también quitarle el habla para siempre, y eso es lo que hago ahora, pero si lo hago no tendré a nadie más a quién contarle porque yo no me confío de nadie, timidez será. No sé.
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