Reflexión:
INTRODUCCION
Quiero contar en breves párrafos mi larga historia.
Tuve la fortuna de nacer en una popular barriada caraqueña a principio de los años 70, recuerdo vagamente cuando era niño que vivíamos en una humilde vivienda, construida por mi abuelo. Allí vivíamos junto a mis tíos, tías, primos, primas, mi abuelo, mi abuela, mi hermano y mi madre.
Esta casa constaba solo de tres habitaciones, los cuales estaban distribuidos de la siguiente manera, la habitación principal era de mis abuelos, la segunda habitación era de las mujeres con sus hijos, todas madres solteras. Mi madre, mi hermano y yo, compartíamos este cuarto con dos tías y cada una tenían dos hijos (dos primos y dos primas), en total 9 personas en ese pequeño espacio. La tercera habitación eran de los hombres de la casa, en total 5 tíos, todos adolescentes.
Ciertamente era una casa pequeña para la cantidad de personas que allí vivíamos, mi abuelo y mi abuela si las ingeniaban para mantener el orden, la convivencia y el respeto que todos se merecían. La casa siempre ordenada y todo en su sitio.
Todos trabajaban. Mi abuelo albañil siempre estaba ocupado. El mayor grado de instrucción lo tenían las tres mujeres de la casa las cuales tenían 6to grado de educación primaria, las tres se convirtieron en excelentes costureras. Mis tíos eran limpia botas, caleteros y el más afortunado era chofer. Con el tiempo todos aprendieron el oficio de mi abuelo, se convirtieron en excelentes albañiles, me atrevo decir que superaron al maestro.
Mi abuela se quedaba en la casa cuidando de sus 6 nietos, estoy convencido que era el peor trabajo de todos. Lidiar con 6 carajitos que la diferencia de edad entre el mayor que era yo, y el menor que era mi hermano era solo de 14 meses. No se cómo hacía, pero en realidad se ocupaba de todo, desayuno para todos, incluyendo los que salían a trabajar, almuerzo, limpiaba, lavaba a mano, preparaba la cena para que cuando llegaran todos del trabajo encontraban su comida servida, y lo más impresionante de aquella señora era que todavía le quedaban energía para regañarnos y reprender desde el más pequeño hasta el más viejo (mi abuelo), en lenguaje coloquial caraqueño (formaba peo).
Me imagino que el que está leyendo esto pensara que vivíamos en un caos y desorden, un ambiente de penuria y de escases. Pero en realidad les puedo decir que fue la mejor infancia que pudo haber tenido cualquier niño de esa época. Imagínense vivir con 5 niños todos prácticamente de la misma edad. El día transcurría entre juegos inofensivos, una que otra riña, puños, mordisco, patadas hasta que llegaba la abuela poner orden con el fulano cablecito entorchado. Quien se podía resistir a tan sutil llamado de atención y su famosa frase “el que se resbala pierde” seguido de un fuetazo. En el sitio no quedaba nadie.
Estos recuerdos hacen que se me escape una sonrisa.
Continua con el CAPITULO I